Lunes 16,mayo 2022. 12:51
Nací en el seno de una familia de clase media española, gobernando en España el general Franco.
Esto a los efectos que nos ocupan significa que nací católico, pues el catolicismo era la religión oficial en España y no había alternativa.
Fui bautizado y mis padres me llevaron a educar en una escuela católica.
Viví en un ambiente católico, con unos valores católicos que regían la vida privada y pública de entonces.
Nunca me planteé esos valores ni la forma de vida que implicaban, a pesar de ser rebelde desde mi juventud, contrario al poder y defensor del débil.
Más adelante, ya mirando la vida con perspectiva, me pregunté por qué estuve siempre sujeto a la disciplina católica sin que hubiera en mí reacción contra lo que era la religión oficial.
Con la perspectiva del tiempo veo que no reaccioné contra esa educación, porque esa forma de ver el mundo no chirriaba con mi naturaleza.
Ya veía que el mundo no funcionaba como a mí me gustaría, pero lo que me explicaban los curas en el colegio y lo que leía sobre la historia de la Iglesia, encajaban perfectamente con mi forma de ver las cosas.
Eso no significa que fuera un santo varón. No. No lo he sido nunca.
Pero sí tenía presente la definición que daba Jardiel Poncela del moralista; es aquel que indica el camino pero no lo sigue. Tenía con eso una especie de argumento de coherencia, que compartía con una autoridad coetánea: El que me parecieran bien los preceptos que aprendía del catolicismo, no significaba que los siguiera.
Pero ello no se debía no a que no estuviera conforme con la doctrina, sino a que no tenía capacidad, valor, ejemplo o constancia para seguirla.
Y así he seguido el resto de mi vida, siendo un católico oficial de las estadísticas del franquismo que nunca se ha planteado otra opción, porque la que tenía le parecía adecuada y completa.
Recuerdo que cuando muy niño, los curas me enseñaron a decir mentalmente las palabras Señor mío y Dios mío, coincidiendo con el momento en el que el sacerdote levanta la hostia y el cáliz.
Cómo católico subproducto del franquismo, no he sido riguroso con el precepto de la misa dominical.
Pero si he asistido cuando el cuerpo me lo ha pedido.
En mi juventud y hasta que me emancipé, sí que asistí a las misas dominicales con mis padres, pero luego fui abandonando la práctica por desidia y por falta de convicción.
Hoy cuando he retomado el precepto dominical, sigo diciendo en el momento del levantamiento de la forma y del cáliz; Señor mío y Dios mío y añado: Señor te he sido desastrosamente fiel desde que tengo uso de razón.
Perdóname: Te sigo amando y adorando como entonces.