Pasé hasta los cincuenta años sin haber dicho ni un taco ni una palabra soez, ¡menos una blasfemia!, no porque fuera una buena persona o un niño educado y luego, al crecer, no porque fuera una persona pusilánime o devota ni nada por el estilo, sino porque en toda mi vida en casa no había oído nada de eso.
Tuvo que llegar un momento en que mi entorno más íntimo, el modo habitual de expresión fuera el de las palabras inadecuadas y la grosería. Entonces fue cuando empezó en mí la tentación del desahogo con palabrotas. Nunca con blasfemias.
Pero aún así me mantuve relativamente limpio de esa mala costumbre y solo utilizaba ocasionalmente palabrotas por lo bajo, cuando quería verdaderamente desahogarme o insultar a alguien.
Por lo bajo porque no quería oírme por pudor y por no escandalizar.
No aprecio a aquellas personas, sean próximas o no, a las que oigo salir basura por su boca.
Creo que no puedo querer a quien es incapaz de contener una tentación tan elemental como la de utilizar expresiones groseras, aunque sea para referirse a cuestiones cotidianas o domésticas.
No veo con simpatía ni afecto a quienes así se comportan y a largo plazo me resultan insoportables para convivir.
Entiendo a quien suelta una palabrota si se pilla un dedo en la puerta, pero no me gusta.
A quien utiliza de forma habitual las palabrotas para cualquier desahogo, no puedo por menos que verlo como un animal.
A quien blasfema lo veo como un descerebrado.
Y lo que tengo claro es que no quiero acostumbrarme a aceptar ese comportamiento.
Prefiero la ausencia que la presencia de una boca vulgar y grosera, que en lugar de decir estupideces intentando darles coherencia, dice estupideces sin ni tan siquiera intentar hacer el esfuerzo de justificarlas.
Si me fuera de ermitaño no sería por una cuestión mística, sería para no escuchar a imbéciles.








