miércoles, 27 de febrero de 2013

El fin de los tiempos



El católico no tiene obligación de creer en las revelaciones privadas. Pero la incredulidad no siempre es razonable. En un documento sobre las apariciones de la Santísima Virgen María en Kibeho (Ruanda, 1981-1983), traía al respecto una cita del teólogo Antonio Royo Marín, O. P. (1913-2005); “La credulidad excesiva consiste en admitir con demasiada facilidad y sin suficiente fundamento, como pertenecientes a la fe, ciertas verdades y opiniones que están muy lejos de pertenecer a ella... Hay que evitar, sin embargo, caer en el extremo opuesto, o sea, una hipercrítica racionalista que hiciera dudar hasta de las revelaciones privadas aprobadas por la Iglesia... que, sin pertenecer por ello al depósito de la revelación ni ser objeto de fe divina, sería presuntuoso y temerario rechazar”.

Algunas revelaciones privadas no han sido aceptadas todavía por la Iglesia Católica, pero son solventes y tienen la opinión favorable de personas relevantes de la Iglesia. Pienso en Garabandal o, en otro orden, las visiones de María Valtorta.

El lector ya conoce mi opinión sobre la práctica católica; si uno es católico lo debe ser sin falsos pudores, pues para ejercer de pusilánime o de progresista ya hay otros ámbitos donde llevan eso a gala. Por eso, un católico debe vencer temores e ir a las procesiones marinas, aunque sean en Barcelona nido de progresismo rancio, asistir a las romerías, arrodillarse al comulgar o creer en las revelaciones privadas sobre las que la Iglesia no haya tomado postura, siempre que sean coherentes con las Sagradas Escrituras y con el Magisterio de la Iglesia. Lo demás son pamplinas.

Por eso creo en las revelaciones privadas que cumplen los requisitos de calidad adecuados.

Y en este contexto quiero hacer unas reflexiones, es cierto que con pobre fundamento, sobre las revelaciones y los tiempos que corren.

Tras la abdicación de S. S. Benedicto XVI y cuando en las próximas semanas, D. v., sea nombrado un nuevo Papa, se dará la paradoja original de que convivirán dos papas “buenos”, de corazón y de status jurídico. Es decir, uno legítimamente abdicado y con el merecido cariño de la grey y otro legítimamente nombrado con el cariño popular que siempre, y sin más, conlleva el cargo. Como es natural, jurídicamente la situación de ambos es distinta, pero afectivamente es otra cosa porque la huella del buen Benedicto XVI está presente y muy señalada y, sin duda, el nuevo Papa será un hombre de Dios, por lo que despertará el mismo afecto, por lo menos, que su predecesor.

Con esto no quiero decir que presuma interferencias. No voy por ahí. Creo que Benedicto XVI es un hombre tan prudente e inteligente que nunca saldría tal cosa de su corazón ni de su cabeza. Lo que quiero decir es que en el Vaticano habrá dos papas, uno emérito y otro en activo, dos hombres “vestidos de blanco”.

Permítame el lector que le dé por leído en el tema. Y sobre ello, me pregunto ¿la imagen de un hombre de blanco, saliendo de un Vaticano desmoronado, entre cadáveres de religiosos y laicos, es una imagen metafórica o real?

La Ley Natural ya ha sido desbordada. Aunque una buena parte de la sociedad lo ha digerido embutido por los poderes fácticos, el aborto es un crimen abominable que a una persona normal le revuelve el estómago sólo con pensarlo. Y hoy el aborto es normal en una buena parte del mundo desarrollado.

Siendo la homosexualidad algo que viene desde que el hombre es hombre y condición que en nada denigra a quien la lleva con dignidad, la parodia del matrimonio homosexual y la adopción de niños por parejas de homosexuales es una aberración antinatural que no quiere convivir con la institución familiar, sino destruirla.

Un extraño odio al cristiano está, de repente, acabando con la vida física de cristianos en el tercer mundo, dónde la impunidad es mayor, e intentando acabar con la vida social de cristianos en el mundo desarrollado, prohibiendo de hecho o de derecho con expresiones públicas de devoción,  incluida la de llevar una mínima cruz al cuello).

Un absurdo racionalismo, impuesto a martillazos, ha dormido en muchas almas la creencia milenaria e innata a la condición humana, de creer en un Ser trascendente que ha dictado las Leyes que rigen el buen discurrir del mundo….

¿Y la cada vez mayor proximidad entre católicos y protestantes, tan trabajada por el beato Juan Pablo II el Grande y Benedicto XVI, que tanto han intentado extenderla al judaísmo?

¿No son todos esos, signos revelados del inicio del fin de los tiempos? ¿No puede ser que el  hombre de blanco de la revelación no sea un Papa, sino un papa emérito?  ¿será el nuevo Papa el último? ¿no será que el fin de los tiempos está en pleno apogeo y que en breve nos veremos sorprendidos por nuevos sucesos profetizados?

Muchos buenos católicos así lo creen. Y muchas cabezas bien amuebladas, no católicas, ven que algo pasa en el mundo que lo hace inentiligible.

Pero si estamos viviendo el fin de los tiempos, no quiere ello decir que el fin del mundo esté aquí. O quizás así. El fin del mundo es un momento que, por mandato divino, no conocemos ni debemos desear conocer. Es un insensato quién se preocupe por ese acontecimiento. Pero el fin de los tiempos se nos ha revelado con detalles, para que lo intuyamos. Como ya comenté, puede durar la intemerata.

Por eso animo al creyente a profundizar en su fe a través de la oración. Al no creyente y al ateo a cumplir la Ley Natural expresada magistralmente en los Diez Mandamientos; eso no compromete y sin duda mejora. Y a todos, a practicar la caridad, que eso siempre es bueno y la única etiqueta que nos pone es la de “tonto”, que así ve la caridad el materialismo cutre; aunque la solución para no ser tachados de ingenuos por los “progres”, es practicarla en el anonimato.

Por lo que a mi respecta, estoy francamente apasionado por vivir estos momentos inevitables. Soy un hombre regalado, pues he vivido bajo un  poder político católico y bajo una democracia bananera, y he podido comparar; he conocido democracias maduras, y he podido valorar; he vivido la llegada del hombre a la Luna, la implantación de la televisión y de la informática y, en territorios profundos, he vivido la fugaz transición de una mentalidad medieval al sórdido modernismo; desde la vida o la resurrección, viviré el fin del mundo y, creo, estoy viviendo el fin de los tiempos, lo que es verdaderamente apasionante, aunque no sé si estoy a la altura… bueno, sí lo sé y en ese aspecto no ando muy tranquilo. Pero no hay más cera que la que arde, aunque confío en que el Velero ponga la que falta.

jueves, 21 de febrero de 2013

La Abdicación de Benedicto XVI



El lunes 11 de febrero pasado escuché, a la hora del Ángelus, la noticia de la renuncia de Benedicto XVI. No me la esperaba, claro. Y me supuso un golpe importante por varias razones, que explico ahora, cuando la frívola y efímera memoria social ya se ha olvidado del momento y está pendiente de cotilleos sobre el papable.

En primer lugar y razón muy egoísta, porque no soy un hombre de fe. Mi camino es tortuoso y siempre lo he recorrido soportado en la ciencia. Creo que la ciencia lleva a Dios, quizás dando algunos rodeos, pero es una baza que controlamos, mientras que la fe viene cuando el Espíritu la envía. Son realmente afortunados los que tiene fe, aunque deben ser menos de los que se lo creen, pues pocas montañas veo moverse. La ciencia me ayuda en el camino, pero en buena parte del mundo católico español, la ciencia y el estudio es algo que vienen grandes; se valora más la “fe del carbonero” – que viene dada y no hay que trabajársela, lo que es muy cómodo - y se considera que con esa “gran fe” sobra todo lo demás, llegando incluso a recelar del estudioso. No me confunda el lector mareando la perdiz; san Martín de Porres es un gran santo iletrado y, por cierto, gran amigo y compañero de penas de mi niñez.

Digo esto porque cuando leí y medité por primera vez a Benedicto XVI, encontré en él confirmación de lo que creía; la ciencia no es algo marginal, ni peligroso, sino que ciencia y fe van de la mano, aunque en dos niveles distintos. Me refiero naturalmente a la verdadera ciencia, no a la técnica, que amanuenses de la ciencia aplican a aberraciones como el aborto o la guerra. Con Benedicto XVI tuve el lujo de poder aprender de una persona sabia, inspirada, que se expresa de tal forma que hasta yo puedo entender. Sin duda, Benedicto XVI acepta y comprende que yo sea un hombre sin fe y entiende que le lea para, a través de la ciencia, llegar al Dios único, a la espera de que el Espíritu Santo crea que debe darme su regalo que, por lo que oigo, no merezco. Benedicto XVI es para mí como un director espiritual, al que no le ocupo tiempo pues ni sabe que existo.

La otra razón fue de una cierta decepción. Ya sabemos que no se puede idealizar a nadie, ponerlo en un pedestal por bueno que nos parezca,… pero la carne es débil y a menudo cae. Yo estaba caído al haberlo puesto en un pedestal aunque tenía a mi favor que, a su edad, ya no tendría tiempo de decepcionarme. Y, en el momento de la noticia, me decepcionó; ¿no aguantó su predecesor como un  cosaco y murió con las botas puestas?

La tercera razón de mi zozobra, fue el desamparo en el que me parecía quedaba la Iglesia, que tan buena conjunción había logrado con su predecesor Juan Pablo II el Grande, un hombre de acción y con el propio Benedicto XVI, un intelectual que con su sabiduría dejaba anclado el legado anterior.

Así estaba el lunes 11 de febrero, tras el Ángelus, hora en que conocí la noticia.

Pensé en escribir en este blog mis sensaciones, pero tan buena es la ciencia que me ha hecho aprender que para emitir un  juicio, previamente hay que observar y meditar. Y no tener prisa. Así es como actúa la Iglesia Católica de la que yo, sin fe pero con evidencia científica, he aprendido que es una buena Maestra.

No dejé de estar atento a las noticias que daban los medios fiables, tantas y tan precipitadas, de este evento histórico, al tiempo que algo se revelaba en mi cabeza contra las sensaciones de decepción y desamparo que acabo de describir. Y llegué a dos conclusiones. Una, que a esa edad no se cambia y que si Ratzinguer había tenido un patrón de vida, no lo iba a cambiar por un asunto tan baladí como su salud, que no creo que le importe demasiado. La otra, es que todos los análisis que se hacían de su “Declaratio” lo eran desde la perspectiva de la sociedad ordinaria, como si Benedicto XVI fuera tan solo otro jefe de estado.

Algo fallaba y falla en todo esto, algo de bulto. Debía rumiar antes de escribir. Por eso he esperado, querido lector.

Releyendo el texto oficial en castellano no podía abrir ninguna brecha, hasta que caí en que la forma de gobierno del Vaticano es, jurídicamente, una monarquía absoluta en la que el Papa es el monarca. Y un monarca lo que hace, cuando deja voluntariamente su cargo, es abdicar, no renunciar. No creo que a un intelectual de la talla de Benedicto XVI se le pasase por alto ese detalle jurídico en una declaración oficial de tal envergadura, que incluso redactó en latín, lengua oficial del Estado. Por eso, el término que utiliza, “renuntiare”, debe tener también la acepción más propia de “abdicar”, no utilizada por el traductor por desconocimiento, por miedo (queda más duro “abdicar” que “renunciar”) o por otra razón que desconozco pero que no cierro la puerta a su existencia.

El que estuviera en lo cierto o no sobre esa traducción defectuosa, es ya indiferente, pues me puse a estudiar, a mi escasa luz, el texto latino y encontré respuestas a los desalientos que me invadieron al conocer la abdicación de Benedicto XVI, desalientos que, como se verá, no estaban justificados.

Si el lector ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí, no le importará seguir. Veamos pues algunos puntos interesantes de la “Declaratio” en su versión española y original latina.

Primero quiero señalar que la forma de anunciar la noticia deja ver que Benedicto XVI tomó la decisión que debía tomar, no la que le apetecía o convenía tomar y, además, muestra su actitud más íntima frente a su papel en la Iglesia; se sabe un mero instrumento de Dios (“un simple y humilde trabajador de la viña del Señor”dijo en su primera aparición pública); “Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia”. Cualquier político habría convocado una rueda de prensa para anunciar la mayor tontería intrascendente, mientras que el primer dignatario del mundo y, según la creencia de cientos de millones de personas, representante en la tietrrta de Jesús, el Hijo de Dios, “aprovecha” una reunión ordinaria para comunicar una noticia de trascendencia mundial. Los políticos, cuando quieren atenuar sus responsabilidades, utilizan otras noticias de impacto como cortinas de humo, pero es evidente que éste no es el caso. Benedicto XVI no quiere pasar inadvertido, sólo cumple un  trámite necesario. Me cuesta entender tanta humildad y coherencia en un gobernante, pero cuanto más lo asimilo mayor es mi admiración por Benedicto XVI.

Siguiendo con el texto, leemos en la traducción española “ya no tengo fuerzas”. Dicho así, significa que Benedicto XVI ha perdido las fuerzas que tenía, todas o una parte substancial de ellas. Eso no parece cierto. De hecho hemos visto a Benedicto XVI tras la “Declaratio” y no da precisamente muestras de falta de fuerzas, sino todo lo contrario. Además, nos dice de su intención de dedicarse a la oración y a escribir, y esas labores, bien hechas – de la única forma que las puede hacer un hombre de la talla de Benedicto XVI -, exigen una fuerza física y espiritual muy grande. Por eso, a la luz del texto latino, se debe leer que lo que dice Benedicto XVI, es que sus fuerzas no son las adecuadas, es decir, que tiene las fuerzas que tenía, pero que ha llegado a la certeza de que esas fuerzas que tiene y que no ha perdido, no son suficientes para afrontar lo que más adelante nos dirá en esa misma declaración.

Conscientia mea iterum atque iterum coram Deo explorata ad cognitionem certam perveni vires meas ingravescente aetate non iam aptas esse ad munus Petrinum aeque administrandum.

La traducción oficial dice:

“Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino.”

Si bien me parece más adecuado:

“Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, mis fuerzas no son las adecuadas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino.”

Seguimos leyendo. Viene ahora un párrafo sobre el que Carlos Ruiz Miguel, autor al que no conozco más que por un interesante artículo publicado en su blog de Periodista Digital (“Desde el Atlántico”, “Abdicación de Beneicto XVI: algunas reflexiones y una grave pregunta sin contestar”), comenta: “El pasaje más misterioso del comunicado del Papa es éste: "in mundo nostri temporis rapidis mutationibus subiecto et quaestionibus magni ponderis pro vita fidei perturbato" (en nuestro mundo sometido a rápidas mutaciones de los tiempos y perturbado por cuestiones de enorme gravedad para la vida de la fe). Ya resulta algo extraño que la palabra "temporis" sea omitida en las traducciones. Pero lo que es, no extraño, sino misterioso, es la frase en la que dice que nuestro mundo está "perturbado por cuestiones de enorme gravedad para la vida de la fe" (quaestionibus magni ponderis pro vita fidei perturbato).”

El párrafo y su traducción oficial son:

“Attamen in mundo nostri temporis rapidis mutationibus subiecto et quaestionibus magni ponderis pro vita fidei perturbato ad navem Sancti Petri gubernandam et ad annuntiandum Evangelium etiam vigor quidam corporis et animae necessarius est, qui ultimis mensibus in me modo tali minuitur, ut incapacitatem meam ad ministerium mihi commissum bene administrandum agnoscere debeam.”

“Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado.”

Benedicto XVI ha visto de pronto (“en los últimos meses”) que ha disminuido su “vigor”, que es la capacidad de obligar y de ser eficaz, no sus fuerzas, como ya vimos. Entiendo que el Papa ha visto, en un momento determinado cercano en el tiempo (“en los últimos meses”), algo así como que ha disminuido su autoridad moral frente a un mundo que se le ha presentado de repente. Lo dice un Papa que ha dado la cara frente a los dramáticos problemas de pederastia, aborto, ataque a la institución familiar, vanalización de los valores occidentales, materialismo feroz, situaciones muy delicadas en sectores puntuales de la Iglesia… problemas sin duda de enorme gravedad para la fe. Para todo eso Benedicto XVI ha considerado que sus fuerzas y su vigor eran los adecuados… ¿cómo será lo que nos viene, para que el Papa crea que sus fuerzas ya no son suficientes y para que eche en falta vigor suficiente?

Concluyo que Benedicto XVI no desfallece frente al inmenso trabajo de su oficio, no abandona por temor al esfuerzo físico o mental, sino que Dios, a través de la oración, le ha otorgado una visión profética de los tiempos inmediatos que vienen y, frente a esa situación, su integridad intelectual y moral, su recta conciencia, le han inspirado que no debe ser él quién esté en ese lugar cuando tales eventos se desencadenen. Los motivos de Benedicto XVI no justificarían una abdicación en tiempos “normales”, incluso entendiendo ya por “normal” el caos de nuestro tiempo.

Las interpretaciones que se han divulgado de la abdicación de Benedicto XVI son mundanas e impropias para un católico. Desde la fe católica se debe tener presente que Benedicto XVI no es un gobernante más, sino un hombre elegido, por inspiración del Espíritu Santo, como máximo responsable de la Iglesia de Jesucristo y, en consecuencia, el representante de Dios en la Tierra. Para los católicos, una decisión como la que comentamos no puede tener interpretación meramente humana.

El Espíritu Santo guía el proceso. Todo tiene un sentido. No puedo dejar de pensar en Garabandal, en el fin de los tiempos y cómo puede encajar esta situación en el todo. Creo que se presenta un futuro apasionante que aunque puede durar la intemerata, sin duda se ha ido incubando desde hace unos lustros en los que estamos viviendo episodios “de libro”.

No quiero acabar sin citar un fragmento de las “Reflexiones  sobre la renuncia del  Papa  a  ser  Papa”, que hace el anciano p. Muñoz, en una carta desde el “Oasis de Jesús Sacerdote”: “¿Será un castigo de Dios para el mundo y los cristianos la renuncia de Benedicto XVI? Yo no soy profeta, pero pensemos que todos los Gobiernos no han hecho caso de sus palabras y protestas  condenando el aborto, es decir, millones de seres inocentes asesinados en el vientre de sus madres;  los “matrimonios” homosexuales y adopción de niños como hijos; la eutanasia;  etc.   Son pecados que van contra la Ley Natural. El Papa se ha visto solo.  Y ¿quién ha elegido esos gobiernos?  La MAYORÍA del pueblo.  Los pueblos, incluyendo los cristianos,  han aceptado esas aberraciones… quieren la pornografía, el divorcio, los adulterios, el amor libre, las leyes antinaturales (como que los animales tengan más derechos que los niños antes de nacer) el desenfreno sexual, la destrucción de la familia,….. pero no quieren  los cataclismos naturales, ni guías materiales que los opriman con impuestos, o les roben el dinero, ni les quiten la libertad….. en una palabra quieren pecar pero sin castigos.”

Dice Benedicto XVI en su despedida: “Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice. Por lo que a mi respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria”. Y por lo que a mi respecta, seguiré leyéndole y aprendiendo y, con mis limitaciones, rezando con él.

sábado, 9 de febrero de 2013

Rajoy, sus rentas y el lobo feroz.



Cuando escribo crítica social, opino sobre la acción pública de personas, nunca se me ocurriría tratar de cuestiones privadas de esas mismas personas. Es por eso de ver  la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio, cita bíblica que Saenz de Buruaga, presentador de las mañanas de la COPE, asignó al “refranero” ¡menudos los periodistas y su cultura general!

A lo que iba. Rajoy ha presentado su declaración de renta y a los socialistas les ha parecido poco. A mí también, pero por distintas razones.

Una razón muy importante es la nula autoridad moral de los socialistas para que les parezca bien o mal nada de lo que diga o haga Rajoy. Me dirá usted, lector “¡pero están en la oposición y lo han de hacer!”. Si me dice eso, lector, le diré que está usted equivocado. El cargo no anula la legitimidad moral; los socialistas que están en la oposición, protagonistas de una corrupción sistemática e institucionalizada, deberían haber dimitido en su día y haber dejado paso a gente sin tara pública y sería esa gente nueva la que tendría legitimidad para opinar sobre las decisiones de Rajoy.

Cuando Jesús instó a que tirara la primera piedra el que estuviera libre de pecado, de entre aquellos que querían lapidar a la adúltera, nadie se atrevió a hacerlo. Eran una multitud malintencionada de personas dispuestas a matar. Nadie tiró una piedra. Si hubiera sido una turba instigada por los socialistas, habrían hecho un desastre. ¡Y mira que aquellos eran malos!

Pero es que, además, esta situación me trae a la cabeza una fábula que creo ya he contado en este sitio; la oveja bebe en el río, corriente abajo del lobo. Y el lobo le dice:

- “¡Te voy a comer porque con tus babas manchas mi agua!”.
- “Pero tu estás aguas arriba, eso no puede ser”, le dice la oveja resignada. El lobo, fastidiado por la evidencia, insiste:
- “¡Te voy a comer porque con tus patas levantas barro y manchas mi agua!”.
- “Pero tu estás aguas arriba, eso no puede ser”, insiste la oveja. Y ante la evidencia, el lobo salta sobre ella y se la come, harto de tanto trámite.

Rajoy, toma nota, nada es suficiente para el lobo feroz y malvado cuando lo único que busca es calentarse la barriga al precio que sea, y por mucha hambre de oveja que tuviera el lobo feroz nunca será comparable a la sed perversa de poder de los insaciables socialistas.

Esos, son los socialistas. Pero yo soy Pepe y no tengo esa traba moral, pues no soy un corrupto, por ahora ni presunto. Y te pregunto, Rajoy, ¿Qué pretendes con  ese gesto? Si tus bienes ya los tienes declarados como obligación al tomar el cargo, ¿qué otra cosa puede mostrar la declaración de tu renta? Solo alimentar el cotilleo de verduleras, porque si no estuviera cuadrada, Hacienda te habría dado un coscorrón en el coco y la habrías tenido que repetir hasta que te cuadrase. A mí no me deja cuadrarla de nuevo, y en lugar de un coscorrón me pone una multa leonina, pero eso es otra cuestión.

Dice un tertuliano muy veterano, un personaje de esos que siempre flotan, que los políticos nos tenéis por idiotas y que por eso os comportáis así. Creo que tiene razón en la afirmación, no en que luego haga populismo pretendiendo que la gente no es idiota.

Al escribir esto aquí, me redimo de esa culpa; los españoles son idiotas, o bobos, o imbéciles o, de no ser nada de eso, malas personas. Yo soy español, pero no soy ni lerdo ni malo, soy un español acogotado.

Ya no hay ocasión de apelar al mal menor. Esto está roto. La crisis es el pus que supura por la herida pestilente; limpiar esa supuración no basta. La infección está dentro, es profunda y no tiene cura sin cirujano.

martes, 5 de febrero de 2013

Golfos Apandadores


A los nacionalistas catalanes les sale el tiro por la culata cuando han preguntado a la ministra Ana Pastor las "graves deficiencias" de los trenes de media distancia, que dependen de la Comunidad Autónoma.”

Cuando era chico, me encantaban las historias del Pato Donald, sus sobrinos, el tío Gilito y los Golfos Apandadores.

Han pasado los años y se me ha despertado la nostalgia al leer la noticia que encabeza este comentario.

Llevamos meses viendo cómo los oligarcas de los partidos políticos se están tirando los trastos a la cabeza por ajustes de poder entre ellos, mientras un coro de jueces y fiscales cantan La Traviata al son que les tocan. Todos apelan a la justicia, a la presunción de inocencia, al contradictorio “yo no, pero tú más”, ¡a la prescripción!…

Y aguantamos, porque no hay más remedio.

Pero episodios como el que leemos arriba nos dejan claro que esa casta de más que presuntos ladrones es, además, una casta de incompetentes. Literalmente, incompetentes, pues no conocen sus competencias.

Así va España. La oligarquía ocupa tanto tiempo en robar presuntamente, que no sabe ni cuál es el cometido de su cargo. Total, ¿para qué?, ¡si han falsificado en su currículo hasta el certificado de bachillerato! Eso sí, que los homosexuales se casen y que las adolescentes aborten a su aire. ¡Que lujo de cortinas de humo! De eso sí que entienden nuestros Golfos Apandadotes.

Ten por cierto, lector, que la crisis lo es de valores, exclusivamente de valores. Dicen que el canciller alemán Otto von Bismarck, allá en el s. XIX, comentaba que España era la nación más rica del mundo, pues llevaba cuatro siglos arruinándose y todavía no había tocado fondo.

Técnicamente, la solución está clara. Stalin, Mao o Pol Pot ya habrían resuelto esta crisis, que es una crisis de políticos y jueces. Claro que luego tendríamos que neutralizarlos, pues una vez en marcha no tenían medida. Pero nosotros somos demócratas, y las soluciones de toda la vida no son correctas, a pesar de la credibilidad que tienen entre la izquierda de hoy. Y si no, que se lo pregunten a Carrillo, el pacificador de Paracuellos del Jarama. Pero es sólo credibilidad de boquilla porque, en el fondo, el político más radical es fervientemente demócrata presunto, presunto Golfo Apandador.

sábado, 2 de febrero de 2013

Rajoy se confiesa


A veces, cuando uno hace revisión de conciencia para confesarse, los católicos, o para conocerse y mejorarse, los que no son católicos pero son gente buena, nos podemos encontrar con que no somos tan malos. O dicho de otra forma, vemos en nosotros deficiencias, pero ninguna realmente grave, “pecados mortales” que diría un católico. Y respiramos tranquilos.

Cuando esta mañana he oído al presidente Rajoy indignado sobre la corrupción que se le achaca a él y al Partido Popular, he tenido claro que Rajoy se estaba confesando, confesando su inocencia. Es meritorio pues lo tengo, sin más fundamento que la intuición, por persona soberbia a la que le habrá costado mucho dirigirse al pueblo en general y en particular a esa facción que le acusa.

Rajoy habrá hecho examen de conciencia, no se habrá encontrado faltas graves y se ha confesado. Pero creo que, como nos ocurre a muchos en los exámenes de conciencia, se ha equivocado, quizás por falta de práctica. Rajoy se ha dicho inocente de pecados de acción, y me lo creo, pero ¿y los de omisión?

¡Los pecados de omisión! Siempre tan olvidados. Y sin embargo, incluso la ley humana los castiga, por ejemplo por omisión de auxilio o por negligencia, que es una forma de omisión.

Rajoy no habrá recibido ningún sobre con sobresueldo pero ¿no ha hecho vista gorda a cosas graves, que le han llevado a su situación de esta mañana? ¿No ha habido ninguna omisión? ¿Nada de nada? No me refiero tan solo a los aspectos económicos de su gestión, sino a indultos, aborto, pobreza, justicia, injusticia social… ¿Ninguna omisión?

Querido Rajoy, eso ya no me lo creo. La sociedad española está como señora por rastrojos porque quien la gobierna no tiene seso, o lo tiene dislocado. No el presidente a palo seco, sino el gobierno y su entorno de poder fáctico. No vale que los socialistas sean más corruptos y dejaran a España en la cuneta; ¡ya sabemos lo que es la izquierda y nada bueno esperábamos de ella! Pero la derecha, la que pretende haber tomado la antorcha de la cultura occidental, que esa derecha omita los pecados de omisión, eso es imperdonable.

El que alguien de su gobierno recibiera sobresueldos es, a estas alturas, lo de menos, pues eso se arregla con una condena y un resarcimiento a la parte dañada. Es un trámite. Pero que usted y su gobierno, usted como primer responsable, haya destruido en el alma de tantos la esperanza de una sociedad algo más justa, eso es un pecado grave. Muchas almas sencillas creían que había otra opción. Pero ustedes les han intentado dejar claro, diáfano, que no hay más cera que la que arde; oligarquía de partidos, connivencia con la justicia, y corrupción.

Y si el presidente es capaz de semejante error de bulto en su examen de conciencia, ¿hablamos en el mismo idioma cuando tratamos de doble contabilidad? Sr. Rajoy, la “b” de “contabilidad b”, no es por “b” de “buena”; ni el “pago en negro” es porque el sobre con los euros se lo de un africano. Es sólo “argot” contable.