Leo en páginas católicas solventes de internet, que el protestantismo en Hispanoamérica y en Europa, está ganando terreno al catolicismo.
No me extraña. El comportamiento de muchos católicos, incluso relevantes en la Iglesia Católica, es tal que desconcierta a los fieles, les hace escépticos frente a sus pastores católicos – que pagan justos por pecadores – y buscan espacios más “libres” que, aparentemente, tienen el mismo fondo moral.
No ya la Iglesia Católica, sino muchos católicos (hablo de España, que es lo que conozco por propia experiencia y por la lectura asidua de información religiosa solvente) se muestran herméticos y distantes desde sus organizaciones, no ya con los “católicos no practicantes” – eufemismo farisaico y muestra de un injustificable juicio al prójimo – sino con los católicos de otras organizaciones e incluso con sacerdotes y religiosos en general que no dan la imagen que se pretende como adecuada (naturalmente no me refiero a los religiosos que de forma evidente actúan contra la Iglesia).
Este desprecio de muchos católicos, al que no es exactamente igual, al que no milita en la misma organización católica, al que no “practica” exactamente con la misma liturgia, se da también en internet. El que suscribe, ha sido censurado en todas las páginas web católicas con las que ha colaborado, pues todas tienen un sello exclusivo y no aceptan ninguna opinión que no esté en su línea de la forma más estricta o, simplemente ninguna opinión que no entienda y sospechen, por no entenderla, que no es ortodoxa. El lector puede juzgar mi sentimiento, con la lectura de las decenas de artículos de este “blog”.
Los fieles, especialmente los más desvalidos, no aceptan en su interior, aunque a veces no sean claramente conscientes de ese sentimiento suyo, esta humillación nacida en la soberbia de muchos católicos, que parece que poseen línea directa y especial con Dios. Por eso tienen tanto éxito los curas más chabacanos y de aspecto común, a pesar de que hoy lo heroico es ir con sotana.
Es por este comportamiento de muchos católicos, religiosos y no, por lo que los enemigos de la Iglesia lo tienen fácil, porque los propios católicos les hacen el trabajo duro. Me quedo en la simple sensibilidad hacia el prójimo, en el más elemental sentimiento de humildad y no entro en la caridad, que fue signo de identidad de los primeros cristianos. Porque si hablamos de caridad, no quedaría títere con cabeza.
Los protestantes son la cara simpática del cristianismo. Son cómo los católicos, pero en “light”, como la moda de hoy. Un protestante puede ser cura, u obispo, al margen de su sexo, literalmente al margen; sea hombre, mujer o las dos cosas a la vez. Y puede estar casado y tener su vida montada y como oficio, pues eso, ser “pastor”. Y no hace falta eso tan engorroso de la confesión; te arrepientes y listo. Y nada que exija sacrificio es obligatorio. Cada uno se monta su royito y a vivir, que la salvación viene por otro lado.
Que no se me enfaden los protestantes, a los que quiero y respeto, con esta descripción tan caricaturesca. Pero no me negarán que es cierta. Nada es consagrado y todo es igual, muy mundano, lo que es otra ventaja; cada grupo es un mundo y todos contentos; nada de autoridad, jerarquía ni dogma único. De esta forma el “mercado” es mayor.
Desde luego, si alguien no versado ha de elegir entre católico o protestante, no cabe duda; ser protestante es más cómodo.
Pero, ¿es también el protestantismo más fiel al mensaje de Jesús? Yo creo que no. Parece que Jesús fue muy claro en la constitución de Su Iglesia y durante siglos todos los cristianos, desde el cristiano raso a los grandes teólogos, lo han tenido muy claro. Se han sucedido herejías que han ido quedando en nada por su insolvencia. Pero hete aquí que tras siglos de Iglesia Católica, un clérigo alemán, harto de los excesos de la Iglesia Católica y Romana de su tiempo, decide que Roma no debe mandar sobre los germanos… ¡lo que faltaba a los señores alemanes y a su genético sentimiento de superioridad sobre los que consideran “mestizos mediterráneos”!
Y así, con una base de razón que en toda la Europa normal se superó poniendo remedio a los excesos, en el Norte, los líderes políticos germanos se agarraron a Lutero como a un clavo ardiendo y crearon su iglesia local e independiente de los “mestizos mediterráneos”. El protestantismo nació financiado por el oportunismo político de un colectivo rico, afectado de un sentimiento atávico de superioridad racial, aprovechando una situación coyuntural deplorable de una parte de se la Iglesia Católica. ¡Menudos mimbres!
Si a alguien le cabe alguna duda, puede entretenerse también en documentarse cómo Inglaterra rompió con Roma para crear su propia iglesia protestante, en la que el rey responsable de la escisión - un hombre lascivo e incontinente - se nombró, de paso, máximo mandatario de esa iglesia recién creada.
¿Puede algo ser honrado, noble y cierto con semejantes fundamentos?
Muchos católicos de buena fe buscan en el protestantismo una acogida y atención que no encuentran entre los católicos. En Cataluña, los inmigrantes que hablan español se sienten como un estorbo en ceremonias en catalán, que no entienden y que no pueden hacer suyas, sin poder opinar para no oír el nefasto argumento de “si estás en Cataluña debes hablar catalán”, propio de un gobierno racista pero no de una Iglesia Universal. He asistido a misas en las que toda la feligresía era de habla española, excepto el celebrante, que celebraba en catalán, debiendo leer él todas las lecturas al no tener a nadie de esa lengua. Es humano y comprensible que el alma simple busque lo que entiende que es igual, el protestantismo, pero más humano.
El problema es que lo otro no es igual. Las iglesias protestantes no son iglesias creadas por Jesús, sino organizaciones surgidas tardíamente como reacciones egoístas a la miseria de algunos hombres de la Iglesia Católica, confundiendo las partes con el todo. Ya he escrito en otro lugar del “blog”, sobre este asunto concreto.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
domingo, 27 de septiembre de 2009
¿Hay hoy menos católicos?
Leo en http://www.portalcatolicoapostolicoyromano.com/sacerdotes/PAgustiMiarnau/los_7_errores.asp, un artículo del sacerdote misionero claretiano Agustí Miarnau, que titula “Los siete errores capitales de la Iglesia Católica actual”.
El trabajo es un análisis de los problemas fundamentales que tiene hoy la Iglesia Católica, elaborado por un sacerdote fiel, inteligente, erudito y bueno. No tiene perdón omitir una lectura inspirada por virtudes tan fundamentales.
Sin embargo, hay un “pero”. Es mi “pero” y puedo estar equivocado, pero voy a intentar razonarlo.
El padre Miarnau dice: “Actualmente, en gran parte del mundo occidental, tradicionalmente cristiano, sobre todo en Europa, los que van a Misa, prácticamente sólo son gente mayor; por lo tanto, en líneas generales, respecto al área geográfica de la que estamos hablando, el cristianismo, a ese ritmo, y, si no se pone remedio, está llegando a su fin. Así de claro, y peor para nosotros si no lo queremos reconocer.”
Veo dos razones por la que esa cita podría no ser correcta. Una, de carácter teológico, que se basa en el que el cristianismo tendrá su fin, en el fin de los tiempos. Creo que ese es el argumento correcto en el esquema de pensamiento de un cristiano; nada prevalecerá contra la Iglesia. Eso incluye la edad y el tiempo... Salvo que el p. Miarnau contemple la proximidad del fin de los tiempos, lo que no me atrevería a discutirle, pero entonces no vale el argumento de cuántos y de que edad asisten a la Santa Misa. Cierto que la cita especifica “respecto al área geográfica de la que estamos hablando”, pero el argumento de que “se acaban los católicos” en el sentido más literal, lo leo tan a menudo, que he aprovechado para contestar al todo.
La otra razón es de carácter sociológico e histórico, que voy a valorar sin cuantificar, pues no tengo datos pero sí intuiciones.
A lo largo de la historia los templos se han ido llenando (es este un juicio de valor que no he visto documentado y que todos damos por supuesto), con los habitantes de las poblaciones en que se enclavaban. Creo que las razones son dos; una, que el cristianismo era la religión socialmente aceptada y la otra, que los templos estaban proporcionados a la población católica del lugar, y la población católica del lugar era la población del lugar.
El cristianismo ha sido durante muchos siglos la religión incuestionable, salvo buscarse un conflicto con el poder establecido. Esto ha sido motivo de que la mayoría se declarase católica, por muchas razones, entre ellas y de forma importante, la coacción que ejercía el poder y la coacción del “qué dirán”.
Esta situación histórica ha hecho mucho daño al cristianismo, pues se ha visto emparejado con lo contrario a su esencia; nunca pueden ir unidas las Bienaventuranzas con el poder terrenal. Todavía hay buenos cristianos en España que propugnan la necesidad de un estado católico, la cuadratura del círculo.
La existencia de esa coacción social, inducida por ser la religión del estado, se pone en evidencia de una forma paradigmática en España, a la muerte del General Franco, hombre católico de vida ejemplarizante (sus enemigos no han podido pasar en sus críticas de tildarle de “dictador”, sin haber conseguido dar contenido a la palabra), que mantuvo un estado católico durante más de tres décadas. A los pocos meses de su muerte, los templos que se llenaban los domingos, dejaron de llenarse. ¿Se habían descristianizado los españoles en unos meses? No, simplemente, al no existir coacción social, dejaron de ir los que nunca habían sido católicos de corazón y siguieron yendo los católicos o los coaccionados más recalcitrantes. Décadas después de la desaparición de la obligación social de “ir a Misa”, ya sólo asiste el que realmente quiere. Y son muchos (tampoco hay que olvidar que en las últimas décadas gobierna en España el mismo partido que organizó, dirigió y ejecutó el genocidio católico de los años 30. Por eso cabría preguntar, ¿cuántos cristianos asistían a los templos en los gobiernos de Nerón, Diocleciano o Stalin?).
Hoy los templos no están proporcionados a la población católica real del lugar, pero como ya están construidos, ahí se quedan. En muchas poblaciones se les priva de su carácter de lugar sagrado y se dedican a otros servicios, de forma que el que queda como templo, se llena los domingos y fiestas de guardar. De hecho, si el cristianismo llegara hoy a España y se empezasen a construir templos, habría muchos, pero menos de los que hay, y estarían llenos. Además, hay que tener presente que en muchos templos se celebra la Santa Misa varias veces al día, por lo que los feligreses salpican el recinto con su presencia en dos, tres o cuatro ceremonias.
Es cierto que el porcentaje absoluto de practicantes es menor que en otros tiempos históricos, pero no creo que lo sea en números absolutos e incluso, si ponderamos en la estadística el grado de libertad religiosa, probablemente veríamos que la cifra porcentual de asistentes a la Santa Misa, es mayor a la de otras épocas históricas. Y por descontado, no creo que haya asistido a los templos tanto católico en días laborables, como en la actualidad.
He estado escribiendo pensando en España y en Europa. Pero si consideramos la población mundial, lo dicho puede multiplicarse por mucho, siguiendo un patrón que ya conocemos: El cristianismo nació en Palestina y se irradió al mundo antiguo. Cuando estuvo asentado con fuerza en el mundo conocido, el cristianismo palestino decayó y hoy es prácticamente una reliquia. Cuando el mundo antiguo se amplió, el cristianismo se extendió al nuevo mundo y se ha ido enfriando en el antiguo mundo, aunque en menor grado – hasta hoy – que en Palestina. No ocurre nada que no hayamos visto ya en la historia. Hoy las religiones protestantes hacen, en los mundos antiguo y nuevo, la función que realizó el Islam en Palestina.
Los mayores asisten más a la Santa Misa que los jóvenes. Es razonable que cuando la vida madura, y se puede enjuiciar desde la tranquilidad que da el liberarse de las coacciones del mundo, se pueda juzgar con mayor claridad. La proximidad al final hace que el hombre se atuse para estar presentable. Estoy seguro de que siempre ha sido así.
En el caso concreto de España y su juventud, no es de extrañar que la situación sea extrema, pues no debemos olvidar la catadura del gobierno que la dirige desde hace décadas; es el mismo partido genocida de los años 30, que parece sigue mostrando un enconamiento con la cultura y la vida tales, que sitúan a España como la última nación de Europa en aprovechamiento escolar, y la primera en abortos.
El trabajo es un análisis de los problemas fundamentales que tiene hoy la Iglesia Católica, elaborado por un sacerdote fiel, inteligente, erudito y bueno. No tiene perdón omitir una lectura inspirada por virtudes tan fundamentales.
Sin embargo, hay un “pero”. Es mi “pero” y puedo estar equivocado, pero voy a intentar razonarlo.
El padre Miarnau dice: “Actualmente, en gran parte del mundo occidental, tradicionalmente cristiano, sobre todo en Europa, los que van a Misa, prácticamente sólo son gente mayor; por lo tanto, en líneas generales, respecto al área geográfica de la que estamos hablando, el cristianismo, a ese ritmo, y, si no se pone remedio, está llegando a su fin. Así de claro, y peor para nosotros si no lo queremos reconocer.”
Veo dos razones por la que esa cita podría no ser correcta. Una, de carácter teológico, que se basa en el que el cristianismo tendrá su fin, en el fin de los tiempos. Creo que ese es el argumento correcto en el esquema de pensamiento de un cristiano; nada prevalecerá contra la Iglesia. Eso incluye la edad y el tiempo... Salvo que el p. Miarnau contemple la proximidad del fin de los tiempos, lo que no me atrevería a discutirle, pero entonces no vale el argumento de cuántos y de que edad asisten a la Santa Misa. Cierto que la cita especifica “respecto al área geográfica de la que estamos hablando”, pero el argumento de que “se acaban los católicos” en el sentido más literal, lo leo tan a menudo, que he aprovechado para contestar al todo.
La otra razón es de carácter sociológico e histórico, que voy a valorar sin cuantificar, pues no tengo datos pero sí intuiciones.
A lo largo de la historia los templos se han ido llenando (es este un juicio de valor que no he visto documentado y que todos damos por supuesto), con los habitantes de las poblaciones en que se enclavaban. Creo que las razones son dos; una, que el cristianismo era la religión socialmente aceptada y la otra, que los templos estaban proporcionados a la población católica del lugar, y la población católica del lugar era la población del lugar.
El cristianismo ha sido durante muchos siglos la religión incuestionable, salvo buscarse un conflicto con el poder establecido. Esto ha sido motivo de que la mayoría se declarase católica, por muchas razones, entre ellas y de forma importante, la coacción que ejercía el poder y la coacción del “qué dirán”.
Esta situación histórica ha hecho mucho daño al cristianismo, pues se ha visto emparejado con lo contrario a su esencia; nunca pueden ir unidas las Bienaventuranzas con el poder terrenal. Todavía hay buenos cristianos en España que propugnan la necesidad de un estado católico, la cuadratura del círculo.
La existencia de esa coacción social, inducida por ser la religión del estado, se pone en evidencia de una forma paradigmática en España, a la muerte del General Franco, hombre católico de vida ejemplarizante (sus enemigos no han podido pasar en sus críticas de tildarle de “dictador”, sin haber conseguido dar contenido a la palabra), que mantuvo un estado católico durante más de tres décadas. A los pocos meses de su muerte, los templos que se llenaban los domingos, dejaron de llenarse. ¿Se habían descristianizado los españoles en unos meses? No, simplemente, al no existir coacción social, dejaron de ir los que nunca habían sido católicos de corazón y siguieron yendo los católicos o los coaccionados más recalcitrantes. Décadas después de la desaparición de la obligación social de “ir a Misa”, ya sólo asiste el que realmente quiere. Y son muchos (tampoco hay que olvidar que en las últimas décadas gobierna en España el mismo partido que organizó, dirigió y ejecutó el genocidio católico de los años 30. Por eso cabría preguntar, ¿cuántos cristianos asistían a los templos en los gobiernos de Nerón, Diocleciano o Stalin?).
Hoy los templos no están proporcionados a la población católica real del lugar, pero como ya están construidos, ahí se quedan. En muchas poblaciones se les priva de su carácter de lugar sagrado y se dedican a otros servicios, de forma que el que queda como templo, se llena los domingos y fiestas de guardar. De hecho, si el cristianismo llegara hoy a España y se empezasen a construir templos, habría muchos, pero menos de los que hay, y estarían llenos. Además, hay que tener presente que en muchos templos se celebra la Santa Misa varias veces al día, por lo que los feligreses salpican el recinto con su presencia en dos, tres o cuatro ceremonias.
Es cierto que el porcentaje absoluto de practicantes es menor que en otros tiempos históricos, pero no creo que lo sea en números absolutos e incluso, si ponderamos en la estadística el grado de libertad religiosa, probablemente veríamos que la cifra porcentual de asistentes a la Santa Misa, es mayor a la de otras épocas históricas. Y por descontado, no creo que haya asistido a los templos tanto católico en días laborables, como en la actualidad.
He estado escribiendo pensando en España y en Europa. Pero si consideramos la población mundial, lo dicho puede multiplicarse por mucho, siguiendo un patrón que ya conocemos: El cristianismo nació en Palestina y se irradió al mundo antiguo. Cuando estuvo asentado con fuerza en el mundo conocido, el cristianismo palestino decayó y hoy es prácticamente una reliquia. Cuando el mundo antiguo se amplió, el cristianismo se extendió al nuevo mundo y se ha ido enfriando en el antiguo mundo, aunque en menor grado – hasta hoy – que en Palestina. No ocurre nada que no hayamos visto ya en la historia. Hoy las religiones protestantes hacen, en los mundos antiguo y nuevo, la función que realizó el Islam en Palestina.
Los mayores asisten más a la Santa Misa que los jóvenes. Es razonable que cuando la vida madura, y se puede enjuiciar desde la tranquilidad que da el liberarse de las coacciones del mundo, se pueda juzgar con mayor claridad. La proximidad al final hace que el hombre se atuse para estar presentable. Estoy seguro de que siempre ha sido así.
En el caso concreto de España y su juventud, no es de extrañar que la situación sea extrema, pues no debemos olvidar la catadura del gobierno que la dirige desde hace décadas; es el mismo partido genocida de los años 30, que parece sigue mostrando un enconamiento con la cultura y la vida tales, que sitúan a España como la última nación de Europa en aprovechamiento escolar, y la primera en abortos.
viernes, 14 de agosto de 2009
La asunción de la Virgen María
Un amigo me pregunta si la Virgen María murió, y si subió al cielo en cuerpo y alma.
El dogma de la asunción de María, reza:
“«Pertanto, dopo avere innalzato ancora a Dio supplici istanze, e avere invocato la luce dello Spirito di Verità, a gloria di Dio onnipotente, che ha riversato in Maria vergine la sua speciale benevolenza a onore del suo Figlio, Re immortale dei secoli e vincitore del peccato e della morte, a maggior gloria della sua augusta Madre e a gioia ed esultanza di tutta la chiesa, per l'autorità di nostro Signore Gesù Cristo, dei santi apostoli Pietro e Paolo e Nostra, pronunziamo, dichiariamo e definiamo essere dogma da Dio rivelato che: l'immacolata Madre di Dio sempre vergine Maria, terminato il corso della vita terrena, fu assunta alla gloria celeste in anima e corpo».
Perciò, se alcuno, che Dio non voglia, osasse negare o porre in dubbio volontariamente ciò che da Noi è stato definito, sappia che è venuto meno alla fede divina e cattolica.”
Lo que puede traducirse como:
“«Por lo tanto, después de haber elevado reiteradamente a Dios nuestras preces suplicantes, y haber invocado la luz del Espíritu de Verdad, para la gloria de Dios omnipotente, que ha preservado en María virgen su especial benevolencia para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para mayor gloria de su augusta Madre y para gloria y regocijo de toda la iglesia, por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los santos apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, proclamamos, declaramos y definimos ser dogma revelado por Dios que: la inmaculada Madre de Dios, siempre virgen María, cumplido el curso de la vida terrena, fue asunta en alma y cuerpo a la gloria celestial».
Por ello, si alguno, Dios no lo quiera, osara negar o dudar voluntariamente de lo que ha sido definido por Nos, sepa que se aleja de la fe divina y católica.”
Pío XII. Constitución Apostólica Munificentissimus Deus. Miércoles, 1 noviembre 1950. (http://www.vatican.va/holy_father/pius_xii/apost_constitutions/documents/hf_p-xii_apc_19501101_munificentissimus-deus_it.html. En esta página no hay traducción al español)
El dogma no dice nada sobre si María murió y resucitó y luego fue asunta al cielo o si subió en vida, auque la tradición y muchos teólogos sustentan que María murió, como murió su Hijo. En mi limitación y cortedad, creo que María no murió.
Sobre este tema me comentó un sacerdote que Jesús, como hombre aún siendo Dios, no habría dejado pasar a su madre por el trance de la muerte y de la corrupción del cuerpo, como lo evitaría cualquier hombre bien nacido que tuviera en sus manos obviar ese trance a su madre.
Aunque coincido en la conclusión – María no murió -, no así en el motivo como razón única y principal. Jesús no actuó con favoritismo hacia nadie allegado. Incluso mostró su actitud de considerar iguales a sus familiares más próximos que a cualquiera de los que le seguían (“…¿Quién es mi madre y mis hermanos?...” Mc 3, 31-35). Es más, si fuera una dádiva de ese género, estoy seguro de que cualquier persona de especial fe habría sido elegida por Él como protagonista de la asunción, antes que Su propia Madre.
Creo que María no murió porque hubiera sido una incongruencia, y la Iglesia Católica es la congruencia de una doctrina que lleva cuatro mil años de vigencia.
La muerte es una consecuencia del pecado original (“…Ya que polvo eres, y al polvo volverás” Gén 3,19, “…no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y comiendo de él, viva para siempre” Gén 3, 22). No he encontrado quien me haga entender qué fue el pecado original, pues me parece que es algo que forma parte del misterio de la fe, aunque rumiando podemos llegar a intuir algo. Lo que si es cierto, es que aceptado el pecado original y sus consecuencias, todo hombre por nacer con ese pecado, tiene la tara de morir una vez (“Y así como está reservado a los hombres morir una sola vez, y tras eso, juicio” Hb 9,27, aunque Jesús resucitó a personas, que volvieron a morir, por lo que murieron dos veces, lo que sin duda tendrá su explicación, que no alcanzo).
María nació sin pecado original (proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en la bula Ineffabilis Deus), por lo que además de los muchos privilegios espirituales y materiales en su vida cotidiana, por el hecho de nacer sin pecado original también quedaba exenta de la muerte (“El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene ante el Redentor y su fiel colaboradora. Con una diferencia sustancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad brota de la persona divina; y María es totalmente santa en virtud de la gracia recibida por los méritos del Salvador” Juan Pablo II El Grande. Audiencia General. Miércoles 29 de mayo de 1996. La Inmaculada Concepción. http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/audiences/1996/documents/hf_jp-ii_aud_19960529_sp.html ).
Por ello la Virgen María no podía morir, pues hubiera sido una incongruencia en una doctrina absolutamente coherente.
Cualquier católico debe aceptar que la Virgen María subió al cielo en cuerpo y alma. Y no creo que sea disparatado – sino todo lo contrario - opinar que no murió.
El dogma de la asunción de María, reza:
“«Pertanto, dopo avere innalzato ancora a Dio supplici istanze, e avere invocato la luce dello Spirito di Verità, a gloria di Dio onnipotente, che ha riversato in Maria vergine la sua speciale benevolenza a onore del suo Figlio, Re immortale dei secoli e vincitore del peccato e della morte, a maggior gloria della sua augusta Madre e a gioia ed esultanza di tutta la chiesa, per l'autorità di nostro Signore Gesù Cristo, dei santi apostoli Pietro e Paolo e Nostra, pronunziamo, dichiariamo e definiamo essere dogma da Dio rivelato che: l'immacolata Madre di Dio sempre vergine Maria, terminato il corso della vita terrena, fu assunta alla gloria celeste in anima e corpo».
Perciò, se alcuno, che Dio non voglia, osasse negare o porre in dubbio volontariamente ciò che da Noi è stato definito, sappia che è venuto meno alla fede divina e cattolica.”
Lo que puede traducirse como:
“«Por lo tanto, después de haber elevado reiteradamente a Dios nuestras preces suplicantes, y haber invocado la luz del Espíritu de Verdad, para la gloria de Dios omnipotente, que ha preservado en María virgen su especial benevolencia para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para mayor gloria de su augusta Madre y para gloria y regocijo de toda la iglesia, por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los santos apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, proclamamos, declaramos y definimos ser dogma revelado por Dios que: la inmaculada Madre de Dios, siempre virgen María, cumplido el curso de la vida terrena, fue asunta en alma y cuerpo a la gloria celestial».
Por ello, si alguno, Dios no lo quiera, osara negar o dudar voluntariamente de lo que ha sido definido por Nos, sepa que se aleja de la fe divina y católica.”
Pío XII. Constitución Apostólica Munificentissimus Deus. Miércoles, 1 noviembre 1950. (http://www.vatican.va/holy_father/pius_xii/apost_constitutions/documents/hf_p-xii_apc_19501101_munificentissimus-deus_it.html. En esta página no hay traducción al español)
El dogma no dice nada sobre si María murió y resucitó y luego fue asunta al cielo o si subió en vida, auque la tradición y muchos teólogos sustentan que María murió, como murió su Hijo. En mi limitación y cortedad, creo que María no murió.
Sobre este tema me comentó un sacerdote que Jesús, como hombre aún siendo Dios, no habría dejado pasar a su madre por el trance de la muerte y de la corrupción del cuerpo, como lo evitaría cualquier hombre bien nacido que tuviera en sus manos obviar ese trance a su madre.
Aunque coincido en la conclusión – María no murió -, no así en el motivo como razón única y principal. Jesús no actuó con favoritismo hacia nadie allegado. Incluso mostró su actitud de considerar iguales a sus familiares más próximos que a cualquiera de los que le seguían (“…¿Quién es mi madre y mis hermanos?...” Mc 3, 31-35). Es más, si fuera una dádiva de ese género, estoy seguro de que cualquier persona de especial fe habría sido elegida por Él como protagonista de la asunción, antes que Su propia Madre.
Creo que María no murió porque hubiera sido una incongruencia, y la Iglesia Católica es la congruencia de una doctrina que lleva cuatro mil años de vigencia.
La muerte es una consecuencia del pecado original (“…Ya que polvo eres, y al polvo volverás” Gén 3,19, “…no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y comiendo de él, viva para siempre” Gén 3, 22). No he encontrado quien me haga entender qué fue el pecado original, pues me parece que es algo que forma parte del misterio de la fe, aunque rumiando podemos llegar a intuir algo. Lo que si es cierto, es que aceptado el pecado original y sus consecuencias, todo hombre por nacer con ese pecado, tiene la tara de morir una vez (“Y así como está reservado a los hombres morir una sola vez, y tras eso, juicio” Hb 9,27, aunque Jesús resucitó a personas, que volvieron a morir, por lo que murieron dos veces, lo que sin duda tendrá su explicación, que no alcanzo).
María nació sin pecado original (proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en la bula Ineffabilis Deus), por lo que además de los muchos privilegios espirituales y materiales en su vida cotidiana, por el hecho de nacer sin pecado original también quedaba exenta de la muerte (“El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene ante el Redentor y su fiel colaboradora. Con una diferencia sustancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad brota de la persona divina; y María es totalmente santa en virtud de la gracia recibida por los méritos del Salvador” Juan Pablo II El Grande. Audiencia General. Miércoles 29 de mayo de 1996. La Inmaculada Concepción. http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/audiences/1996/documents/hf_jp-ii_aud_19960529_sp.html ).
Por ello la Virgen María no podía morir, pues hubiera sido una incongruencia en una doctrina absolutamente coherente.
Cualquier católico debe aceptar que la Virgen María subió al cielo en cuerpo y alma. Y no creo que sea disparatado – sino todo lo contrario - opinar que no murió.
martes, 21 de julio de 2009
La Sagrada Familia, de Antonio Gaudí
El pasado domingo, en el “Full Dominical” (Hoja Dominical), en su habitual sección bilingüe “Palabra y Vida”, el Cardenal arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, escribía sobre el templo expiatorio de la Sagrada Familia, en un artículo titulado “Un gran monumento al espíritu”.
El artículo es una síntesis excelente de la historia del templo y ofrece una visión del mismo como símbolo de la fe de Cataluña. No tiene desperdicio y me resulta imposible resumir unas pocas líneas que dicen tanto. Remito a su lectura, que el lector encontrará en:
http://www.arqbcn.cat/Admin/Admin/docs_home/BCN%2019%207%2009.pdf
(el artículo de referencia, está traducido al español en la cuarta página).
Pero no era el mío, un artículo de merecida apología a ese breve y elocuente texto, sino la meditación a la que me llevó su lectura.
Como sabrá el lector, las obras del tren AVE (Alta Velocidad Española) en Barcelona, están abriendo un túnel por debajo de la Ciudad, por el que deberá discurrir ese tren. Por unas circunstancias difíciles de justificar, el túnel pasa creo que a 70 centímetros de los cimientos del templo de la Sagrada Familia. Los técnicos municipales dicen que esa trayectoria es ineludible, aunque técnicos no municipales, tan cualificados, o más que ellos, aseguran que no es tan ineludible. Sea como fuere, a pesar de la competencia de los técnicos municipales - que han de demostrar tras escandalosos fracasos anteriores – el templo corre un riesgo cierto y, para muchos, evidente.
Y me pregunto, ¿qué ocurriría si el templo se viniese abajo, antes o después, por las vibraciones del tren AVE? Esto no sería insólito, pues esos mismos técnicos municipales hundieron con su incompetencia el barrio barcelonés de El Carmelo, afectando a miles de personas.
Muchos dicen que en el consistorio barcelonés dominan los lobbies masónicos y gays. Creo que los “socialistas” son ya una expresión retórica sin contenido. Parece que eso no es un secreto sino una evidencia que los interesados, a estas alturas, no se preocupan en ocultar.
En consecuencia, la simpatía hacia un templo que es símbolo de la espiritualidad catalana, levantado por el esfuerzo de los creyentes catalanes, no será grande, al contrario. El afecto hacia el arte y la religión del socialismo, lo tenemos expresado en las persecuciones cristianas en España, en los pasados años 30; los templos con sus magníficas obras de arte intemporales, fueron quemados, y sus fieles, asesinados.
El templo de la Sagrada Familia molesta sin duda a la ideología que gobierna Barcelona, y, para colmo, su arquitecto está en proceso de beatificación. Derribarlo, por las buenas, sería un escándalo pero ¿y si se cae por un error técnico?
Cuando se hundió el barrio de El Carmelo, no pasó nada. La prensa silenció la noticia, la televisión igual… y sólo algún recalcitrante como la COPE dio la murga. Pero no pasó nada. Todo se acalló y los del desastre volvieron a gobernar. La historia contemporánea nos dice que una mayoría de catalanes no son ciudadanos, sino súbditos y eso lo llevan muy bien. Es la parte política del ramalazo masoquista catalán, que celebra las derrotas, como la festividad del 11 de septiembre, día nacional de Cataluña.
Si el templo de la Sagrada Familia se hundiera, no pasaría nada. En el peor de los casos, algún aparejador sería encausado para luego, cuando se enfriase el asunto, en dos o tres semanas, sobreseer su causa. Si la presión internacional obligase, quizás dimitiría algún mandillo político, que sería recompensado con un cargo menos visible pero mejor remunerado. La prensa y la televisión, silencio total. Si en algún conductor del AVE se encontrara alguna irregularidad, ¡a por él! En cualquier caso, “la naturaleza imprevisible del subsuelo barcelonés…”. En el solar, con la retórica cínico-populista de los "sociatas" catalanes, se levantaría una placa muy emotiva en lugar de un nuevo templo (se apelaría al ejemplo USA de las torres gemelas).
La sociedad catalana, y la española en general, me recuerdan a un yuppie borracho que, con su traje de marca manchado de sus vómitos, balbucea estupideces divertidas, sentado en la acera y apoyado en la fachada. Aprovechando la feliz enajenación del beodo, unos transeúntes espabilados, los políticos, le limpian la cartera y el reloj y le dejan al lado una garrafa de vino, para que no se le acabe la provisión, no sea que salga del letargo. Ambas partes están en su papel, ¿para qué crear “mal royo”, mala conciencia, con asuntos como la fe o la moral, que “cosas” como el templo de la Sagrada Familia evocan? Un mundo feliz. Una democracia a la española.
El artículo es una síntesis excelente de la historia del templo y ofrece una visión del mismo como símbolo de la fe de Cataluña. No tiene desperdicio y me resulta imposible resumir unas pocas líneas que dicen tanto. Remito a su lectura, que el lector encontrará en:
http://www.arqbcn.cat/Admin/Admin/docs_home/BCN%2019%207%2009.pdf
(el artículo de referencia, está traducido al español en la cuarta página).
Pero no era el mío, un artículo de merecida apología a ese breve y elocuente texto, sino la meditación a la que me llevó su lectura.
Como sabrá el lector, las obras del tren AVE (Alta Velocidad Española) en Barcelona, están abriendo un túnel por debajo de la Ciudad, por el que deberá discurrir ese tren. Por unas circunstancias difíciles de justificar, el túnel pasa creo que a 70 centímetros de los cimientos del templo de la Sagrada Familia. Los técnicos municipales dicen que esa trayectoria es ineludible, aunque técnicos no municipales, tan cualificados, o más que ellos, aseguran que no es tan ineludible. Sea como fuere, a pesar de la competencia de los técnicos municipales - que han de demostrar tras escandalosos fracasos anteriores – el templo corre un riesgo cierto y, para muchos, evidente.
Y me pregunto, ¿qué ocurriría si el templo se viniese abajo, antes o después, por las vibraciones del tren AVE? Esto no sería insólito, pues esos mismos técnicos municipales hundieron con su incompetencia el barrio barcelonés de El Carmelo, afectando a miles de personas.
Muchos dicen que en el consistorio barcelonés dominan los lobbies masónicos y gays. Creo que los “socialistas” son ya una expresión retórica sin contenido. Parece que eso no es un secreto sino una evidencia que los interesados, a estas alturas, no se preocupan en ocultar.
En consecuencia, la simpatía hacia un templo que es símbolo de la espiritualidad catalana, levantado por el esfuerzo de los creyentes catalanes, no será grande, al contrario. El afecto hacia el arte y la religión del socialismo, lo tenemos expresado en las persecuciones cristianas en España, en los pasados años 30; los templos con sus magníficas obras de arte intemporales, fueron quemados, y sus fieles, asesinados.
El templo de la Sagrada Familia molesta sin duda a la ideología que gobierna Barcelona, y, para colmo, su arquitecto está en proceso de beatificación. Derribarlo, por las buenas, sería un escándalo pero ¿y si se cae por un error técnico?
Cuando se hundió el barrio de El Carmelo, no pasó nada. La prensa silenció la noticia, la televisión igual… y sólo algún recalcitrante como la COPE dio la murga. Pero no pasó nada. Todo se acalló y los del desastre volvieron a gobernar. La historia contemporánea nos dice que una mayoría de catalanes no son ciudadanos, sino súbditos y eso lo llevan muy bien. Es la parte política del ramalazo masoquista catalán, que celebra las derrotas, como la festividad del 11 de septiembre, día nacional de Cataluña.
Si el templo de la Sagrada Familia se hundiera, no pasaría nada. En el peor de los casos, algún aparejador sería encausado para luego, cuando se enfriase el asunto, en dos o tres semanas, sobreseer su causa. Si la presión internacional obligase, quizás dimitiría algún mandillo político, que sería recompensado con un cargo menos visible pero mejor remunerado. La prensa y la televisión, silencio total. Si en algún conductor del AVE se encontrara alguna irregularidad, ¡a por él! En cualquier caso, “la naturaleza imprevisible del subsuelo barcelonés…”. En el solar, con la retórica cínico-populista de los "sociatas" catalanes, se levantaría una placa muy emotiva en lugar de un nuevo templo (se apelaría al ejemplo USA de las torres gemelas).
La sociedad catalana, y la española en general, me recuerdan a un yuppie borracho que, con su traje de marca manchado de sus vómitos, balbucea estupideces divertidas, sentado en la acera y apoyado en la fachada. Aprovechando la feliz enajenación del beodo, unos transeúntes espabilados, los políticos, le limpian la cartera y el reloj y le dejan al lado una garrafa de vino, para que no se le acabe la provisión, no sea que salga del letargo. Ambas partes están en su papel, ¿para qué crear “mal royo”, mala conciencia, con asuntos como la fe o la moral, que “cosas” como el templo de la Sagrada Familia evocan? Un mundo feliz. Una democracia a la española.
viernes, 17 de julio de 2009
Más sobre “El estado católico”
Me permitirá el lector que amplíe los argumentos que exponía en “El estado católico” (¿no va a permitírmelo, mi pobre lector, que ni derecho tiene a hacer comentarios?).
Tengo una doble razón. La primera es que en él me limitaba a comentar un escrito que acababa de leer, en el que se presentaban unos pretendidos argumentos sobre la postura oficial de la Iglesia Católica en pro de un estado católico. Eso me hizo omitir las evidencias evangélicas de que el mundo de Dios y el de los hombres discurren por caminos separados, aunque este debe seguir la sombra de aquel, que es garantía de buen término.
Varias son las referencias de Jesús a la distancia entre el Reino de Dios y los reinos del mundo, pero quizás para los que tenemos menos luces nos resulte más clara la que cita el evangelista San Mateo cuando narra las tentaciones a las que se somete Jesús tras ser bautizado. En la tercera tentación, “de nuevo le toma el diablo y le lleva a un monte sobremanera elevado y le muestra todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré si postrándote me adorares. Entonces dícele Jesús: vete de aquí, Satanás; porque escrito está; Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto.” Mt 4, 8-10. Animo al lector a que repase los Evangelios en busca de más testimonios análogos, como Jn 18,36.
La segunda razón a la que aludía, está en el mismo número de la misma revista del artículo en cuestión. Se trata de un trabajo firmado por José Guerra Campos, titulado “La Iglesia y los contemplativos”. El artículo es excelente en su redacción y en su contenido.
Guerra Campos escribe: “Algunos historiadores han advertido, y parece que no sin alguna razón, que las formas más llamativas de segregación monástica se produjeron o se multiplicaron precisamente en el momento de mayor inter-compenetración de la Iglesia y el orden temporal, en el siglo IV, cuando comienza ese clima espiritual que luego llamaremos la cristiandad”.
Es decir, el momento histórico en que mayor contacto hay entre el Reino de Dios y los reinos temporales, es cuando el Espíritu Santo fortalece la oración, pues es un contacto peligroso para la fe. Como escribe Guerra Campos en otra parte de su artículo, la oración es el arma del cristiano para fortalecer su fe.
Y añado. Tras unos siglos de cristiandad, siempre beligerante en un terreno que no era el de la fe, por fin el mundo venció en su campo y hoy tenemos las consecuencias evidentes de esa victoria: La Iglesia Católica está perseguida de hecho o de derecho en casi todo el mundo, se han descristianizado los estados y amplias masas de población, Dios está cada vez menos presente en la vida del mundo y se ha llegado a la situación inimaginable, incluso en el mundo antiguo pagano, de aceptar socialmente el crimen del aborto, o la aberración de equiparar con el matrimonio la unión homosexual. La fe ha sido vencida, por fin, en el mundo, por el mundo.
Sin embargo, en los años 30 se produjo en España la mayor persecución de cristianos en la historia de la humanidad, y en ella no se puede documentar una sola apostasía entre los miles de mártires de toda edad y condición que esa persecución produjo. Además hoy, en el rotundo dominio del mundo en el mundo, miles de cristianos oran en todo el orbe organizados en la Adoración Nocturna; miles de cristianos rezan enclaustrados en conventos a lo largo de todo el planeta; millones de cristianos intentan vivir el día a día, en las enseñanzas de Jesús. Es decir, el plena descristianización de los reinos del mundo, en plena victoria del mundo en el mundo, el eterno Reino de Dios es tan fuerte como hace dos mil años, cuando se anunció al hombre. Fue el compromiso de Jesús; nada prevalecerá contra la Iglesia, contra Su Reino.
Nuestros obispos piden la participación del católico en la vida del mundo. El católico debe obedecer. Pero la vida del cristiano ya esta plena, lo otro es sacrificio por obediencia al Evangelio y a la Iglesia, pues es obligación del cristiano evangelizar. Ahora bien, dos cosas están claras: una, que los reinos del mundo seguirán su insustancial victoria hasta el fin de los tiempos. La otra, que el Reino de Dios es victorioso e intocable desde siempre y hasta siempre. Sólo Dios es Vencedor.
Tengo una doble razón. La primera es que en él me limitaba a comentar un escrito que acababa de leer, en el que se presentaban unos pretendidos argumentos sobre la postura oficial de la Iglesia Católica en pro de un estado católico. Eso me hizo omitir las evidencias evangélicas de que el mundo de Dios y el de los hombres discurren por caminos separados, aunque este debe seguir la sombra de aquel, que es garantía de buen término.
Varias son las referencias de Jesús a la distancia entre el Reino de Dios y los reinos del mundo, pero quizás para los que tenemos menos luces nos resulte más clara la que cita el evangelista San Mateo cuando narra las tentaciones a las que se somete Jesús tras ser bautizado. En la tercera tentación, “de nuevo le toma el diablo y le lleva a un monte sobremanera elevado y le muestra todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré si postrándote me adorares. Entonces dícele Jesús: vete de aquí, Satanás; porque escrito está; Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto.” Mt 4, 8-10. Animo al lector a que repase los Evangelios en busca de más testimonios análogos, como Jn 18,36.
La segunda razón a la que aludía, está en el mismo número de la misma revista del artículo en cuestión. Se trata de un trabajo firmado por José Guerra Campos, titulado “La Iglesia y los contemplativos”. El artículo es excelente en su redacción y en su contenido.
Guerra Campos escribe: “Algunos historiadores han advertido, y parece que no sin alguna razón, que las formas más llamativas de segregación monástica se produjeron o se multiplicaron precisamente en el momento de mayor inter-compenetración de la Iglesia y el orden temporal, en el siglo IV, cuando comienza ese clima espiritual que luego llamaremos la cristiandad”.
Es decir, el momento histórico en que mayor contacto hay entre el Reino de Dios y los reinos temporales, es cuando el Espíritu Santo fortalece la oración, pues es un contacto peligroso para la fe. Como escribe Guerra Campos en otra parte de su artículo, la oración es el arma del cristiano para fortalecer su fe.
Y añado. Tras unos siglos de cristiandad, siempre beligerante en un terreno que no era el de la fe, por fin el mundo venció en su campo y hoy tenemos las consecuencias evidentes de esa victoria: La Iglesia Católica está perseguida de hecho o de derecho en casi todo el mundo, se han descristianizado los estados y amplias masas de población, Dios está cada vez menos presente en la vida del mundo y se ha llegado a la situación inimaginable, incluso en el mundo antiguo pagano, de aceptar socialmente el crimen del aborto, o la aberración de equiparar con el matrimonio la unión homosexual. La fe ha sido vencida, por fin, en el mundo, por el mundo.
Sin embargo, en los años 30 se produjo en España la mayor persecución de cristianos en la historia de la humanidad, y en ella no se puede documentar una sola apostasía entre los miles de mártires de toda edad y condición que esa persecución produjo. Además hoy, en el rotundo dominio del mundo en el mundo, miles de cristianos oran en todo el orbe organizados en la Adoración Nocturna; miles de cristianos rezan enclaustrados en conventos a lo largo de todo el planeta; millones de cristianos intentan vivir el día a día, en las enseñanzas de Jesús. Es decir, el plena descristianización de los reinos del mundo, en plena victoria del mundo en el mundo, el eterno Reino de Dios es tan fuerte como hace dos mil años, cuando se anunció al hombre. Fue el compromiso de Jesús; nada prevalecerá contra la Iglesia, contra Su Reino.
Nuestros obispos piden la participación del católico en la vida del mundo. El católico debe obedecer. Pero la vida del cristiano ya esta plena, lo otro es sacrificio por obediencia al Evangelio y a la Iglesia, pues es obligación del cristiano evangelizar. Ahora bien, dos cosas están claras: una, que los reinos del mundo seguirán su insustancial victoria hasta el fin de los tiempos. La otra, que el Reino de Dios es victorioso e intocable desde siempre y hasta siempre. Sólo Dios es Vencedor.
sábado, 4 de julio de 2009
El Estado Católico
Hace unos días leí, en una revista editada por una comunidad católica, un artículo con el título que encabezo éste: “El Estado Católico”.
Es aquella una publicación que leo con interés y con la que habitualmente coincido, pero con la que en ocasiones discrepo en asuntos puntuales, como es el caso.
El artículo en cuestión no dice nada, pues es casi todo él una cita de un texto de León XIII (que no está claro si se refiere a la Epístola apostólica – que no encíclica - Annum ingressi que cita, o a otro documento), y en lo poco que dice, en nada se deduce el título, creando la confusión de que León XIII abogaba por un estado católico.
Como sea que en diversas ocasiones he oído a buenos católicos, defender la necesidad de un estado católico, no puedo dejar de dar mi opinión sobre el tema.
La Encíclica de León XIII, Inscrutabili Dei Consilio (qué también menciona en el artículo de referencia), habla de mucho, pero no puede citarse invocándola como una referencia al estado católico, ni como referencia a la doctrina social de la Iglesia, lo que sí puede decirse de la Carta Encíclica Libertas Praestantissimum (también la menciona), que se puede citar en lo que se refiere a una detallada posición de la Iglesia frente al estado moderno, pero en ningún modo como alegato a un estado católico.
Si tenemos que referirnos al Papa León XIII, en relación a la postura de la Iglesia sobre la democracia y el liberalismo, debemos leer citas como:
“…hemos hablado ya en otras ocasiones, especialmente en la encíclica Immortale Dei…, sobre las llamadas libertades modernas, separando lo que en éstas hay de bueno de lo que en ellas hay de malo. Hemos demostrado al mismo tiempo que todo lo bueno que estas libertades presentan es tan antiguo como la misma verdad, y que la Iglesia lo ha aprobado siempre de buena voluntad y lo ha incorporado siempre a la práctica diaria de su vida.”
“Síguese, además, que estas libertades [libertad de pensamiento, de imprenta, de enseñanza, de cultos], si existen causas justas, pueden ser toleradas, pero dentro de ciertos límites para que no degeneren en un insolente desorden. Donde estas libertades estén vigentes, usen de ellas los ciudadanos para el bien, pero piensen acerca de ellas lo mismo que la Iglesia piensa. Una libertad no debe ser considerada legítima más que cuando supone un aumento en la facilidad para vivir según la virtud. Fuera de este caso, nunca.”
“Ni está prohibido tampoco en sí mismo preferir para el Estado una forma de gobierno moderada por el elemento democrático, salva siempre la doctrina católica acerca del origen y el ejercicio del poder político. La Iglesia no condena forma alguna de gobierno, con tal que sea apta por sí misma la utilidad de los ciudadanos. Pero exige, de acuerdo con la naturaleza, que cada una de esas formas quede establecida sin lesionar a nadie y, sobre todo, respetando íntegramente los derechos de la Iglesia.”
“Tampoco reprende, finalmente, a los que procuran que los Estados vivan de acuerdo con su propia legislación y que los ciudadanos gocen de medios más amplios para aumentar su bienestar.”
“Estas enseñanzas, venerables hermanos, que, dictadas por la fe y la razón al mismo tiempo…”
No voy a librar al lector de la lectura obligada de la apasionante y argumentada Encíclica Libertas Praestantissimum, de la que están sacados los textos anteriores, pero sí debo decirle que si León XIII hubiera defendido un estado católico, habría adoptado una actitud intransigente, impropia de la Iglesia Católica. Lo que sí dice, en síntesis, León XIII, es que cualquier forma de gobierno es buena, siempre que respete la ley natural, que es esa ley impresa en el alma de los seres racionales, desde que fueron creados y, por tanto, es una ley anterior a cualquier otra norma humana.
“Fe y razón al mismo tiempo”, porque una va unida a la otra. Así de sencillo y así de complejo. La Iglesia Católica acepta cualquier tipo de gobierno que ayude a progresar integralmente al hombre, en su naturaleza creada de ser superior dotado de razón y libertad.
Pretender unir estado y religión no ha llevado nunca a buen término. ¿Qué mejores muestras que la de los fundamentalismos islámicos actuales, la de la iglesia oficial china o los intentos de asociar la religión al estado, en las dictaduras sudamericanas? Joseph Ratzinger, en “Jesús de Nazaret”, es contundente en su juicio; “la fusión entre fe y poder político siempre tiene un precio: la fe se pone al servicio del poder y debe doblegarse a sus criterios” (p. 65). Ya he traído esta cita al blog en otra ocasión, e insistiré en ella cuantas veces sea preciso. También escribe Benedicto XVI: “El cristianismo no traía un mensaje socio-revolucionario como el de Espartaco que, con luchas cruentas, fracasó. Jesús no era Espartaco, no era un combatiente por una liberación política como Barrabás o Bar-Kokebá.” (“Carta Encíclica Spe Salvi” 4. 30 de noviembre de 2007). ¿Precisa el lector mayor autoridad eclesial?
Defiendo, con convicción argumentada, que no es deseable un Estado Católico, y sí un gobierno – en el formato que sea - que legisle conforme a la ley natural y garantice la libertad de la Iglesia Católica y, sería de nota, reconociera el papel decisivo de la Iglesia, en lo que de bueno tiene hoy la civilización occidental.
Es aquella una publicación que leo con interés y con la que habitualmente coincido, pero con la que en ocasiones discrepo en asuntos puntuales, como es el caso.
El artículo en cuestión no dice nada, pues es casi todo él una cita de un texto de León XIII (que no está claro si se refiere a la Epístola apostólica – que no encíclica - Annum ingressi que cita, o a otro documento), y en lo poco que dice, en nada se deduce el título, creando la confusión de que León XIII abogaba por un estado católico.
Como sea que en diversas ocasiones he oído a buenos católicos, defender la necesidad de un estado católico, no puedo dejar de dar mi opinión sobre el tema.
La Encíclica de León XIII, Inscrutabili Dei Consilio (qué también menciona en el artículo de referencia), habla de mucho, pero no puede citarse invocándola como una referencia al estado católico, ni como referencia a la doctrina social de la Iglesia, lo que sí puede decirse de la Carta Encíclica Libertas Praestantissimum (también la menciona), que se puede citar en lo que se refiere a una detallada posición de la Iglesia frente al estado moderno, pero en ningún modo como alegato a un estado católico.
Si tenemos que referirnos al Papa León XIII, en relación a la postura de la Iglesia sobre la democracia y el liberalismo, debemos leer citas como:
“…hemos hablado ya en otras ocasiones, especialmente en la encíclica Immortale Dei…, sobre las llamadas libertades modernas, separando lo que en éstas hay de bueno de lo que en ellas hay de malo. Hemos demostrado al mismo tiempo que todo lo bueno que estas libertades presentan es tan antiguo como la misma verdad, y que la Iglesia lo ha aprobado siempre de buena voluntad y lo ha incorporado siempre a la práctica diaria de su vida.”
“Síguese, además, que estas libertades [libertad de pensamiento, de imprenta, de enseñanza, de cultos], si existen causas justas, pueden ser toleradas, pero dentro de ciertos límites para que no degeneren en un insolente desorden. Donde estas libertades estén vigentes, usen de ellas los ciudadanos para el bien, pero piensen acerca de ellas lo mismo que la Iglesia piensa. Una libertad no debe ser considerada legítima más que cuando supone un aumento en la facilidad para vivir según la virtud. Fuera de este caso, nunca.”
“Ni está prohibido tampoco en sí mismo preferir para el Estado una forma de gobierno moderada por el elemento democrático, salva siempre la doctrina católica acerca del origen y el ejercicio del poder político. La Iglesia no condena forma alguna de gobierno, con tal que sea apta por sí misma la utilidad de los ciudadanos. Pero exige, de acuerdo con la naturaleza, que cada una de esas formas quede establecida sin lesionar a nadie y, sobre todo, respetando íntegramente los derechos de la Iglesia.”
“Tampoco reprende, finalmente, a los que procuran que los Estados vivan de acuerdo con su propia legislación y que los ciudadanos gocen de medios más amplios para aumentar su bienestar.”
“Estas enseñanzas, venerables hermanos, que, dictadas por la fe y la razón al mismo tiempo…”
No voy a librar al lector de la lectura obligada de la apasionante y argumentada Encíclica Libertas Praestantissimum, de la que están sacados los textos anteriores, pero sí debo decirle que si León XIII hubiera defendido un estado católico, habría adoptado una actitud intransigente, impropia de la Iglesia Católica. Lo que sí dice, en síntesis, León XIII, es que cualquier forma de gobierno es buena, siempre que respete la ley natural, que es esa ley impresa en el alma de los seres racionales, desde que fueron creados y, por tanto, es una ley anterior a cualquier otra norma humana.
“Fe y razón al mismo tiempo”, porque una va unida a la otra. Así de sencillo y así de complejo. La Iglesia Católica acepta cualquier tipo de gobierno que ayude a progresar integralmente al hombre, en su naturaleza creada de ser superior dotado de razón y libertad.
Pretender unir estado y religión no ha llevado nunca a buen término. ¿Qué mejores muestras que la de los fundamentalismos islámicos actuales, la de la iglesia oficial china o los intentos de asociar la religión al estado, en las dictaduras sudamericanas? Joseph Ratzinger, en “Jesús de Nazaret”, es contundente en su juicio; “la fusión entre fe y poder político siempre tiene un precio: la fe se pone al servicio del poder y debe doblegarse a sus criterios” (p. 65). Ya he traído esta cita al blog en otra ocasión, e insistiré en ella cuantas veces sea preciso. También escribe Benedicto XVI: “El cristianismo no traía un mensaje socio-revolucionario como el de Espartaco que, con luchas cruentas, fracasó. Jesús no era Espartaco, no era un combatiente por una liberación política como Barrabás o Bar-Kokebá.” (“Carta Encíclica Spe Salvi” 4. 30 de noviembre de 2007). ¿Precisa el lector mayor autoridad eclesial?
Defiendo, con convicción argumentada, que no es deseable un Estado Católico, y sí un gobierno – en el formato que sea - que legisle conforme a la ley natural y garantice la libertad de la Iglesia Católica y, sería de nota, reconociera el papel decisivo de la Iglesia, en lo que de bueno tiene hoy la civilización occidental.
jueves, 2 de julio de 2009
Separación
No sé si voy a saber llevar a buen término lo que quiero expresar, pero no quiero dejarlo en un intento abortado antes de iniciarlo. Por eso pido al lector que sea paciente.
El asunto que quiero pasar de la meditación al papel, es el de la separación de los esposos, dejando a los hijos desorientados y faltos de un entorno que les es vital, que es el calor del hogar. Es cierto que se puede llegar a la misma situación por la muerte de uno de los cónyuges, pero no es menos cierto que esa fatalidad, aunque también afecta a los hijos, lo hace de otra manera y, aunque deja huella, la deja de otra manera, con menos herida.
En una situación normal, los hijos pequeños, quieren por igual a los dos padres. En su inocencia es donde mejor se plasma el sentido evangélico de la familia, aquel entorno en el que se es querido por uno mismo, no por su circunstancia. Por eso los hijos quieren a los padres, aunque estos sean feos, o pobres o, incluso malos. Para el niño, ese ser privilegiado, especialmente querido por Jesús, la familia es una roca y no le cabe en la cabeza que se pueda disgregar; ¿cómo no pueden estar juntos mi papá y mi mamá, si siempre lo han estado y me quieren? La separación de los esposos es algo incomprensible para el alma inocente del niño y su efecto, deja una dolorosa huella.
El esposo que decide la separación, ve las cosas de otro modo, y el egoísmo prevalece sobre el amor. Es el impuesto de la edad, cuando esa edad ha traído la pérdida de la inocencia, cuando se ha crecido por fuera y no por dentro. En la decisión de la separación no se piensa en los hijos, sino en uno mismo.
El esposo que es víctima de la separación, está en una situación análoga a la de los hijos. No entiende como una persona, a la que ama y por la que con más o menos generosidad ha dado todo - a veces un todo un poco miserable, pues esa es nuestra condición -, puede decidir abandonar la familia, que es el único rincón de paz al que puede aspirar el hombre que no se ha consagrado a Dios.
Creo que el dolor del esposo que sufre la separación, está en función de la niñez de su alma. Así como la “madurez” endurece los sentimientos, la juventud del alma la hace más vulnerable a ese dolor.
Y si esa es la situación, ¿cuál es el consuelo? No estoy seguro, pero lo que me dicta el corazón es que la intensidad del dolor por la familia rota, está en relación directa con la inocencia del alma. Por eso, el niño que sufre de una forma trágica la separación de sus padres y que con el tiempo va atenuando el dolor a medida que su alma se va endureciendo por la vida, se aleja de Dios. Pero cuando el niño se hace adulto y sigue sintiendo el dolor del alejamiento de sus padres, como si fuera una herida abierta y sin curar, entonces, es que ese adulto sigue siendo niño y está cerca de Dios. Sólo así tendrá el privilegio de compensar su inmenso dolor por el abandono de los hombres, por la inmensa alegría del acogimiento por Jesús.
Igual pasa con los esposos. Al margen del juicio de los hombres, frente al juicio de Dios, será el esposo que sufra como un niño por la separación, el que tendrá el privilegio de notar la mano de Jesús que le atrae, como al niño al que pide que dejen que se acerque.
Por eso ese dolor no es malo, porque como cualquier sufrimiento nos acerca a Dios. Pero en este caso, que te dejen que te acerques a Jesús porque estás indefenso, desorientado, como un niño, aunque seas un adulto cargado de miserias, no puede dejar de hacerte sentir querido por Quien tiene capacidad de querer por encima de cualquier sufrimiento.
Es bueno sufrir como un niño cuando se es adulto. Es signo del buen camino. De hecho creo que si algo nos salvará, es aquello que tengamos de niños. Y cuando un adulto sufre como un niño porque el núcleo de la familia se ha roto y, sobre todo, cuando sufre y ya no hay esperanza de recomponerlo en esta vida, cuando eso pasa, no cabe duda de que en lo tangible ya no hay familia, pero el lazo fundamental, el de verdad, es del alma, es tanto más fuerte cuanto más lejos estén los protagonistas. ¿Qué otro consuelo cabría esperar del Jesús que, sentado, espera con la mano tendida y la sonrisa en su rostro, que los niños se acerquen a Él?
Por eso, como el niño que hace pucheros cuando se asusta, pero enseguida sonríe, como solo un niño puede sonreír, cuando ve la cara de sus padres, así debemos reaccionar frente al dolor de vivir una separación; hacer pucheros por el susto, pero sonreír, como solo un niño puede sonreír, cuando vemos la dulce cara de nuestro Padre que nos mira, como solo un Padre puede mirar.
El asunto que quiero pasar de la meditación al papel, es el de la separación de los esposos, dejando a los hijos desorientados y faltos de un entorno que les es vital, que es el calor del hogar. Es cierto que se puede llegar a la misma situación por la muerte de uno de los cónyuges, pero no es menos cierto que esa fatalidad, aunque también afecta a los hijos, lo hace de otra manera y, aunque deja huella, la deja de otra manera, con menos herida.
En una situación normal, los hijos pequeños, quieren por igual a los dos padres. En su inocencia es donde mejor se plasma el sentido evangélico de la familia, aquel entorno en el que se es querido por uno mismo, no por su circunstancia. Por eso los hijos quieren a los padres, aunque estos sean feos, o pobres o, incluso malos. Para el niño, ese ser privilegiado, especialmente querido por Jesús, la familia es una roca y no le cabe en la cabeza que se pueda disgregar; ¿cómo no pueden estar juntos mi papá y mi mamá, si siempre lo han estado y me quieren? La separación de los esposos es algo incomprensible para el alma inocente del niño y su efecto, deja una dolorosa huella.
El esposo que decide la separación, ve las cosas de otro modo, y el egoísmo prevalece sobre el amor. Es el impuesto de la edad, cuando esa edad ha traído la pérdida de la inocencia, cuando se ha crecido por fuera y no por dentro. En la decisión de la separación no se piensa en los hijos, sino en uno mismo.
El esposo que es víctima de la separación, está en una situación análoga a la de los hijos. No entiende como una persona, a la que ama y por la que con más o menos generosidad ha dado todo - a veces un todo un poco miserable, pues esa es nuestra condición -, puede decidir abandonar la familia, que es el único rincón de paz al que puede aspirar el hombre que no se ha consagrado a Dios.
Creo que el dolor del esposo que sufre la separación, está en función de la niñez de su alma. Así como la “madurez” endurece los sentimientos, la juventud del alma la hace más vulnerable a ese dolor.
Y si esa es la situación, ¿cuál es el consuelo? No estoy seguro, pero lo que me dicta el corazón es que la intensidad del dolor por la familia rota, está en relación directa con la inocencia del alma. Por eso, el niño que sufre de una forma trágica la separación de sus padres y que con el tiempo va atenuando el dolor a medida que su alma se va endureciendo por la vida, se aleja de Dios. Pero cuando el niño se hace adulto y sigue sintiendo el dolor del alejamiento de sus padres, como si fuera una herida abierta y sin curar, entonces, es que ese adulto sigue siendo niño y está cerca de Dios. Sólo así tendrá el privilegio de compensar su inmenso dolor por el abandono de los hombres, por la inmensa alegría del acogimiento por Jesús.
Igual pasa con los esposos. Al margen del juicio de los hombres, frente al juicio de Dios, será el esposo que sufra como un niño por la separación, el que tendrá el privilegio de notar la mano de Jesús que le atrae, como al niño al que pide que dejen que se acerque.
Por eso ese dolor no es malo, porque como cualquier sufrimiento nos acerca a Dios. Pero en este caso, que te dejen que te acerques a Jesús porque estás indefenso, desorientado, como un niño, aunque seas un adulto cargado de miserias, no puede dejar de hacerte sentir querido por Quien tiene capacidad de querer por encima de cualquier sufrimiento.
Es bueno sufrir como un niño cuando se es adulto. Es signo del buen camino. De hecho creo que si algo nos salvará, es aquello que tengamos de niños. Y cuando un adulto sufre como un niño porque el núcleo de la familia se ha roto y, sobre todo, cuando sufre y ya no hay esperanza de recomponerlo en esta vida, cuando eso pasa, no cabe duda de que en lo tangible ya no hay familia, pero el lazo fundamental, el de verdad, es del alma, es tanto más fuerte cuanto más lejos estén los protagonistas. ¿Qué otro consuelo cabría esperar del Jesús que, sentado, espera con la mano tendida y la sonrisa en su rostro, que los niños se acerquen a Él?
Por eso, como el niño que hace pucheros cuando se asusta, pero enseguida sonríe, como solo un niño puede sonreír, cuando ve la cara de sus padres, así debemos reaccionar frente al dolor de vivir una separación; hacer pucheros por el susto, pero sonreír, como solo un niño puede sonreír, cuando vemos la dulce cara de nuestro Padre que nos mira, como solo un Padre puede mirar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)