lunes, 31 de marzo de 2008

“Educación para la ciudadanía”. Lección 1

Nota: Aprender nunca es malo, si se aprende como es debido; podemos aprender que la tierra es cuadrada, que descendemos del mono o que el fuerte sobrevive. Pero son estos aprendizajes erróneos – o por lo menos discutibles - que no harán más que confundirnos.
La asignatura de “Educación para la ciudadanía” que el gobierno español está imponiendo en las escuelas contra toda legalidad, pretende dar a aprender a los niños y a los jóvenes unos conocimientos que son erróneos – o por lo menos discutibles – que no harán más que confundirles en la vida.
He consultado varios textos de esa signatura. Iré publicando a medida que pueda, en forma de “Lecciones”, una alternativa a los contenidos monótonos de esos textos, que responden a las reaccionarias directrices del viejo y viciado socialismo gubernativo.


Lección 1. Nosotros.

Parece que para empezar con buen pie, lo primero que debemos hacer es saber quiénes somos. Si conseguimos conocernos nos será más fácil entendernos a nosotros mismos y relacionarnos con los demás de una forma acertada. Vamos pues a centrarnos en ello, pues parece cosa fácil.

Pero ¡ay!, no hay nada fácil. Y conocernos a nosotros mismos es menos que fácil por dos razones; una, porque somos muy complejos. La otra, porque nuestro juicio está condicionado por los prejuicios de nuestra época. Veámoslo con más detalle.

Somos muy complejos. Tenemos unas capacidades que se ven, que se pueden medir como la estatura, y otras intangibles, espirituales. Incluso las que se pueden medir pueden ser muy complejas, como el coeficiente de inteligencia. Cada vez sabemos más de nuestras capacidades, pero nunca son fáciles. Ni que decir de nuestra faceta espiritual.

A la complejidad de nuestra naturaleza se suma la falta de capacidad que tenemos de captar las cosas con la mente libre de prejuicios. Es como si viésemos el mundo a través de un cristal de color que nos hace verlo todo de ese color. La sociedad nos condiciona.

¡Menudo panorama! Entonces, ¿no podemos conocernos?

Si y no. Nunca llegaremos a conocernos del todo, pero tenemos muchas bazas para saber quiénes somos y cómo debemos relacionarnos entre nosotros en función de nuestra naturaleza. Porque hay un truco para investigarnos; recurrir al pasado. Veamos qué quiero decir.

A lo largo de la historia, todas las culturas y civilizaciones se han preocupado de este tema. Cada momento histórico y cada cultura han tenido sus juicios y sus prejuicios. Si las estudiamos veremos qué conceptos tienen en común y eso ya es una buena pista.

Al origen del pensamiento occidental, en la Gracia clásica, se remonta el adagio “conócete a ti mismo”. Ese es el principio del conocimiento que les liberó de historias de dioses y semidioses que inundaban la cultura griega; el conocimiento de sí mismos les alejó de sus supersticiones, les hizo “tener los pies en el suelo”.

A partir de aquí cada cultura ha profundizado en el conocimiento de sí mismos. Y tanto en la Grecia clásica, como en la cultura romana, medieval… y hasta nuestros días, los pensadores han encontrado en el fondo de nuestro ser un concepto trascendente que no ha sabido explicar, pero que no han tenido duda de que existía.

Todas las culturas han mirado más allá y han elaborado su pensamiento sobre ese más allá. Las explicaciones del mundo trascendente han sido distintas en cada cultura. Eso nos importa menos. Lo que nos interesa es que todas las culturas ha intuido un mundo más allá de la mera materialidad del ser humano. Eso es lo que todas las culturas han tenido en común.

Basándonos en ese elemento común del pensamiento humano a través de la historia e incluso de la prehistoria, sabemos que somos unos seres físicos con una capacidad espiritual. Somos cuerpo y espíritu ¡Ya hemos llegado a algún sitio! ¡Hemos definido al hombre!

Vemos pues que es una característica del ser humano, desde el principio, su intuición de que hay algo más allá. Ningún animal sabemos que tenga ese valor y ese es uno de los elementos que los diferencian. Pero hace algo más de dos mil años ocurrió un suceso que enriqueció el concepto de hombre. Hace dos mil años nació el cristianismo, que aportó a la civilización la noción de persona.

La noción de persona que aporta el cristianismo arraiga en la cultura occidental de tal manera que todos los progresos sociales, culminando con la declaración universal de derechos del hombre, han sido posibles y se han inspirado en la concepción del hombre como persona que aportó el cristianismo y que está detallada con mucha claridad en la recopilación de textos que los cristianos conocen como Nuevo Testamento.

¿Qué aportación es la de declarar al hombre como persona? La persona tiene un enorme valor por sí misma, no por su pertenencia a un clan o a una clase social. Además la persona, creada por Dios, participa en esa divinidad con su inmortalidad y por eso se trata a la persona con tanta dignidad, hasta el punto de que incluso está regulada la guerra - por los acuerdos de Ginebra - de manera que dentro de esa tremenda desgracia, la persona tenga límites que respeten en lo posible la sublime naturaleza del hombre. La persona es individual, pero necesita de la comunidad para realizarse totalmente y las normas que deben regular esa convivencia deben tener presente el absoluto respeto a su dignidad como persona.

Si pensamos un poco veremos que en nuestra democracia los nacionalistas anteponen la nación al hombre; los socialistas anteponen la sociedad al hombre; la derecha antepone la economía al hombre. En ningún caso se trata al hombre como persona. Todas esas formas de gobierno podrían ser compatibles con el concepto de persona, pero llevadas de otra manera verdaderamente democrática. Pero ese será asunto de otra lección.