miércoles, 27 de febrero de 2013

El fin de los tiempos



El católico no tiene obligación de creer en las revelaciones privadas. Pero la incredulidad no siempre es razonable. En un documento sobre las apariciones de la Santísima Virgen María en Kibeho (Ruanda, 1981-1983), traía al respecto una cita del teólogo Antonio Royo Marín, O. P. (1913-2005); “La credulidad excesiva consiste en admitir con demasiada facilidad y sin suficiente fundamento, como pertenecientes a la fe, ciertas verdades y opiniones que están muy lejos de pertenecer a ella... Hay que evitar, sin embargo, caer en el extremo opuesto, o sea, una hipercrítica racionalista que hiciera dudar hasta de las revelaciones privadas aprobadas por la Iglesia... que, sin pertenecer por ello al depósito de la revelación ni ser objeto de fe divina, sería presuntuoso y temerario rechazar”.

Algunas revelaciones privadas no han sido aceptadas todavía por la Iglesia Católica, pero son solventes y tienen la opinión favorable de personas relevantes de la Iglesia. Pienso en Garabandal o, en otro orden, las visiones de María Valtorta.

El lector ya conoce mi opinión sobre la práctica católica; si uno es católico lo debe ser sin falsos pudores, pues para ejercer de pusilánime o de progresista ya hay otros ámbitos donde llevan eso a gala. Por eso, un católico debe vencer temores e ir a las procesiones marinas, aunque sean en Barcelona nido de progresismo rancio, asistir a las romerías, arrodillarse al comulgar o creer en las revelaciones privadas sobre las que la Iglesia no haya tomado postura, siempre que sean coherentes con las Sagradas Escrituras y con el Magisterio de la Iglesia. Lo demás son pamplinas.

Por eso creo en las revelaciones privadas que cumplen los requisitos de calidad adecuados.

Y en este contexto quiero hacer unas reflexiones, es cierto que con pobre fundamento, sobre las revelaciones y los tiempos que corren.

Tras la abdicación de S. S. Benedicto XVI y cuando en las próximas semanas, D. v., sea nombrado un nuevo Papa, se dará la paradoja original de que convivirán dos papas “buenos”, de corazón y de status jurídico. Es decir, uno legítimamente abdicado y con el merecido cariño de la grey y otro legítimamente nombrado con el cariño popular que siempre, y sin más, conlleva el cargo. Como es natural, jurídicamente la situación de ambos es distinta, pero afectivamente es otra cosa porque la huella del buen Benedicto XVI está presente y muy señalada y, sin duda, el nuevo Papa será un hombre de Dios, por lo que despertará el mismo afecto, por lo menos, que su predecesor.

Con esto no quiero decir que presuma interferencias. No voy por ahí. Creo que Benedicto XVI es un hombre tan prudente e inteligente que nunca saldría tal cosa de su corazón ni de su cabeza. Lo que quiero decir es que en el Vaticano habrá dos papas, uno emérito y otro en activo, dos hombres “vestidos de blanco”.

Permítame el lector que le dé por leído en el tema. Y sobre ello, me pregunto ¿la imagen de un hombre de blanco, saliendo de un Vaticano desmoronado, entre cadáveres de religiosos y laicos, es una imagen metafórica o real?

La Ley Natural ya ha sido desbordada. Aunque una buena parte de la sociedad lo ha digerido embutido por los poderes fácticos, el aborto es un crimen abominable que a una persona normal le revuelve el estómago sólo con pensarlo. Y hoy el aborto es normal en una buena parte del mundo desarrollado.

Siendo la homosexualidad algo que viene desde que el hombre es hombre y condición que en nada denigra a quien la lleva con dignidad, la parodia del matrimonio homosexual y la adopción de niños por parejas de homosexuales es una aberración antinatural que no quiere convivir con la institución familiar, sino destruirla.

Un extraño odio al cristiano está, de repente, acabando con la vida física de cristianos en el tercer mundo, dónde la impunidad es mayor, e intentando acabar con la vida social de cristianos en el mundo desarrollado, prohibiendo de hecho o de derecho con expresiones públicas de devoción,  incluida la de llevar una mínima cruz al cuello).

Un absurdo racionalismo, impuesto a martillazos, ha dormido en muchas almas la creencia milenaria e innata a la condición humana, de creer en un Ser trascendente que ha dictado las Leyes que rigen el buen discurrir del mundo….

¿Y la cada vez mayor proximidad entre católicos y protestantes, tan trabajada por el beato Juan Pablo II el Grande y Benedicto XVI, que tanto han intentado extenderla al judaísmo?

¿No son todos esos, signos revelados del inicio del fin de los tiempos? ¿No puede ser que el  hombre de blanco de la revelación no sea un Papa, sino un papa emérito?  ¿será el nuevo Papa el último? ¿no será que el fin de los tiempos está en pleno apogeo y que en breve nos veremos sorprendidos por nuevos sucesos profetizados?

Muchos buenos católicos así lo creen. Y muchas cabezas bien amuebladas, no católicas, ven que algo pasa en el mundo que lo hace inentiligible.

Pero si estamos viviendo el fin de los tiempos, no quiere ello decir que el fin del mundo esté aquí. O quizás así. El fin del mundo es un momento que, por mandato divino, no conocemos ni debemos desear conocer. Es un insensato quién se preocupe por ese acontecimiento. Pero el fin de los tiempos se nos ha revelado con detalles, para que lo intuyamos. Como ya comenté, puede durar la intemerata.

Por eso animo al creyente a profundizar en su fe a través de la oración. Al no creyente y al ateo a cumplir la Ley Natural expresada magistralmente en los Diez Mandamientos; eso no compromete y sin duda mejora. Y a todos, a practicar la caridad, que eso siempre es bueno y la única etiqueta que nos pone es la de “tonto”, que así ve la caridad el materialismo cutre; aunque la solución para no ser tachados de ingenuos por los “progres”, es practicarla en el anonimato.

Por lo que a mi respecta, estoy francamente apasionado por vivir estos momentos inevitables. Soy un hombre regalado, pues he vivido bajo un  poder político católico y bajo una democracia bananera, y he podido comparar; he conocido democracias maduras, y he podido valorar; he vivido la llegada del hombre a la Luna, la implantación de la televisión y de la informática y, en territorios profundos, he vivido la fugaz transición de una mentalidad medieval al sórdido modernismo; desde la vida o la resurrección, viviré el fin del mundo y, creo, estoy viviendo el fin de los tiempos, lo que es verdaderamente apasionante, aunque no sé si estoy a la altura… bueno, sí lo sé y en ese aspecto no ando muy tranquilo. Pero no hay más cera que la que arde, aunque confío en que el Velero ponga la que falta.

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