“Otro aspecto importante, por lo discutido, sobre la virginidad de María, es el que se refiere a si tuvo más hijos, es decir, si Jesús tenía hermanos. Para no alargar estas líneas, entraré en ello otro día.”
Así acababa el artículo Mariam. I, que publiqué en este blog el pasado 16 de febrero. Si el lector siguió mi consejo, habrá consultado la página web que citaba y estará al día de argumentos, creo que sólidos, para justificar la unigenitura de Jesús. Si no lo ha hecho, es que no le interesa el tema lo suficiente.
Me centraré aquí en el argumento básico para negar el hecho de que Jesús fue hijo único; la Biblia cita en diversos lugares, de forma clara, el término “hermano” y “hermanas” para referirse a parientes de Jesús.
A ello la Iglesia Católica opone el argumento de que en el idioma arameo no existía el término “primo” y cuando en esa lengua se hacía alusión a ese parentesco, se utilizaba el único término que conocía, el de “hermano”. Así, la Biblia se refiere a primos de Jesús, no a hermanos en el sentido que hoy conocemos.
Lo opositores, dicen que la Biblia se tradujo al griego, y en griego sí existe la acepción de “primo”, por lo que si hubieran sido primos de Jesús, en el Nuevo Testamento aparecería el término “primo”, que sí disponía la lengua griega. Si al traducir al griego se mantiene “hermano”, es porque realmente eran hermanos y hermanas de Jesús.
Así está el terrado. Cualquiera que rumie un poco sobre el asunto se planteará ¿qué más da que fueran primos o hermanos? La Tradición de la Iglesia Católica ha considerado durante siglos que Jesús fue hijo único. Y si se cree que Jesús es Dios y que resucitó de entre los muertos, ¿no es una discusión peregrina e incluso mal intencionada, plantearse esa Tradición milenaria, por una cuestión semántica que siempre tuvo un mismo sentido?
Porque no me cabe duda de que el “hermano” del arameo es el “hermano” del griego, a la vista del entorno cultural de cómo se realizó esa traducción.
Si bien la mayor parte del Nuevo Testamento está escrito en griego para que fuera entendido por los cada vez más judíos que se iban helenizando (el arameo se estaba perdiendo) y por los no judíos, los que escribían lo hacían desde una construcción mental judía, desde la cultura judía, y utilizaban el griego para plasmar su cultura, no para alterarla. Hasta tal punto era así, que el griego utilizado por los judíos de Palestina no era el griego de la metrópoli, sino un griego conformado por su peculiar cultura. En términos modernos y guardando las distancias, podríamos decir que sería algo así como el spanglish que hablan los hispano parlantes que viven en Estados Unidos, aunque en nuestro caso más referido al contenido conceptual que a la mera estructura de la lengua.
Si un judío quiso decir en griego – lengua que utilizaba por necesidad y que no le simpatizaba - que Jesús tenía parientes muy allegados (refiriéndose a primos), en ningún caso dejaría de utilizar el término “hermano”, que tanto contenido tenía en arameo, para sustituirlo por el de “primo” del lenguaje gentil, matización superflua y sin contenido en la cultura judía y que más parecía una mera concreción burocrática de las poco cohesionadas familias griegas.
Hablando sobre este tema, un querido misionero claretiano me comentaba que en Guinea Ecuatorial los grupos familiares están muy cohesionados y cuando a un niño le preguntas cuántos hermanos tiene, ha de contarlos, y cuenta o señala a todos los niños del grupo tribal, pues su concepto de grupo no distingue entre hermano carnal, primo hermano o primo segundo. Al contrario, si se le intentan explicar esos matices no entiende; todos los niños del grupo son sus hermanos. Son sus hermanos, lo explique en español a quien le pregunta o lo explique en francés. El español y el francés utilizan “primo”, pero el interpelado dirá “hermanos”. Porque esa es su cultura.
La sólida sociedad judía, organizada en grupos muy cohesionados, no utilizaría un término inapropiado para lo que tenían tan claro. De hecho, esa impermeabilidad a los aspectos culturales externos que pueden perjudicar su esencia cultural, es lo que ha hecho sobrevivir al pueblo judío hasta hoy y quizás también lo que le ha hecho tan odiado – por envidiado - por tantos.
En definitiva, dos milenios de una Tradición inequívoca sobre Jesús como hijo único, no se pueden ver alterados por la esquizofrenia de quien busca la diferencia en una cuestión de matiz. Enfrentar a la Tradición de la Iglesia y a la cultura de un pueblo, una traducción literal y fuera de contexto, es tontería, cuando no mala fe.
lunes, 4 de mayo de 2009
martes, 28 de abril de 2009
Leer y escribir en libertad
Hace una fechas consulté el perfil de este blog, donde hay un marcador de personas que visitan el perfil, que no son las que entran en el blog pero sí las que entran y sienten interés como para investigar un poco. Me sirve como orientación sobre las visitas.
Pero ese día vi que el contador no había progresado, ¡hacía unos quince días que nadie consultaba el perfil! Me extrañó, pues ya hablé sobre la difusión de este blog, pero me pareció que era una exageración el que nadie en el planeta hispano parlante visitara este rincón en tanto tiempo.
Busqué el blog a través del buscador de Google, y funcionaba bien, es decir, no había sido tachado del mapa, lo que no tendría sentido.
Por fin he descubierto la posible causa. Quizás trasteando en el blog para mejorarlo, di alguna instrucción que anuló ese recurso. De hecho, después de mucho probar, lo intenté dejar como estaba, aunque por lo visto no lo conseguí.
Ahora estamos iguales, lectores y autor. Los lectores no pueden dar su opinión y el autor no tiene ni idea de quién se pierde en esta página. Este blog es una “cita a ciegas” para una relación platónica. Ni el lector tiene motivaciones exhibicionistas, pues no puede dejar su opinión, ni al autor le cabe ya el menor sentido de vanidad al no tener ni idea de cuantos le leen. El lector lee por que le apetece, sin más coacción. El autor escribe lo que desea, sin más coacción.
Pero ese día vi que el contador no había progresado, ¡hacía unos quince días que nadie consultaba el perfil! Me extrañó, pues ya hablé sobre la difusión de este blog, pero me pareció que era una exageración el que nadie en el planeta hispano parlante visitara este rincón en tanto tiempo.
Busqué el blog a través del buscador de Google, y funcionaba bien, es decir, no había sido tachado del mapa, lo que no tendría sentido.
Por fin he descubierto la posible causa. Quizás trasteando en el blog para mejorarlo, di alguna instrucción que anuló ese recurso. De hecho, después de mucho probar, lo intenté dejar como estaba, aunque por lo visto no lo conseguí.
Ahora estamos iguales, lectores y autor. Los lectores no pueden dar su opinión y el autor no tiene ni idea de quién se pierde en esta página. Este blog es una “cita a ciegas” para una relación platónica. Ni el lector tiene motivaciones exhibicionistas, pues no puede dejar su opinión, ni al autor le cabe ya el menor sentido de vanidad al no tener ni idea de cuantos le leen. El lector lee por que le apetece, sin más coacción. El autor escribe lo que desea, sin más coacción.
jueves, 23 de abril de 2009
Darwinismo, creacionismo e Iglesia Católica
En el diario catalán, subvencionado por falta de lectores, Avui, ha aparecido recientemente una entrevista con un catedrático de la Universidad de Barcelona. Al sesudo individuo le preocupa que la Iglesia católica “esté haciendo declaraciones preocupantes” sobre la evolución, refiriéndose de una forma indefinida, imprecisa y confusa a presuntas declaraciones de la Iglesia católica, que negarían la evolución.
La Universidad española está en el pelotón de los torpes del “ranking” de universidades mundiales, situación a la que le ha llevado la clase docente que la integra. Sus catedráticos se eligen por afinidades y sumisiones políticas, al margen de sus capacidades intelectuales o valías científicas. Una vez alcanzado el “chollo”, si son obedientes pueden mantenerlo de por vida, sin necesidad de publicar trabajos científicos de su especialidad, ni de realizar ningún tipo de validación académica.
En esa situación, ¿qué vale la opinión de un catedrático de universidad española, aunque sea sobre un tema de su especialidad? Sin más datos, no vale nada.
Y eso es lo que ocurre con nuestro fulano, catedrático. Su opinión no vale nada. No vale nada porque es mentira que la Iglesia Católica niegue la evolución, que considera es perfectamente compatible con la fe. Lo que no quiere decir que la teoría evolucionista sea acertada, ignorando el dócil catedrático que darwinismo y evolución son cosas distintas y que hay diversas teorías sobre la evolución. Es decir, que la teoría evolucionista es hasta hoy una teoría por contrastar, y que caso de confirmarse en un futuro, sería perfectamente compatible con la fe católica.
Mayor delito tiene la falsa afirmación de sometido catedrático, cuando “no hace mucho (en catalán. 2007, Ed. Claret) se ha publicado Creació i evolució, que es la crónica de un encuentro y diálogos mantenidos con el Papa Benedicto XVI en Castelgandolfo, del 1 a 3 de septiembre de 2006. No se cuestiona en un solo momento el hecho de la evolución de los seres vivos, que se ve compatible con la creación”, como se le replica al fulano en el mismo diario, en una carta de réplica.
Hay muchas más evidencias sobre la clara posición de la Iglesia Católica al respecto. Entonces, ante una situación tan evidente, ¿Por qué ese catedrático de la Universidad de Barcelona se ensaña con mentiras contra la Iglesia?
La respuesta está en los párrafos con los que empezaba este escrito. La Universidad de Barcelona no le exige nivel científico, le exige sumisión ideológica. La forma de nuestro catedrático de revalidar su cátedra es mostrar esa sumisión. Y ¿qué cosa más fácil que difamar a la Iglesia Católica, algo que sale gratis y que no implica represalias materiales?
La Universidad española está en el pelotón de los torpes del “ranking” de universidades mundiales, situación a la que le ha llevado la clase docente que la integra. Sus catedráticos se eligen por afinidades y sumisiones políticas, al margen de sus capacidades intelectuales o valías científicas. Una vez alcanzado el “chollo”, si son obedientes pueden mantenerlo de por vida, sin necesidad de publicar trabajos científicos de su especialidad, ni de realizar ningún tipo de validación académica.
En esa situación, ¿qué vale la opinión de un catedrático de universidad española, aunque sea sobre un tema de su especialidad? Sin más datos, no vale nada.
Y eso es lo que ocurre con nuestro fulano, catedrático. Su opinión no vale nada. No vale nada porque es mentira que la Iglesia Católica niegue la evolución, que considera es perfectamente compatible con la fe. Lo que no quiere decir que la teoría evolucionista sea acertada, ignorando el dócil catedrático que darwinismo y evolución son cosas distintas y que hay diversas teorías sobre la evolución. Es decir, que la teoría evolucionista es hasta hoy una teoría por contrastar, y que caso de confirmarse en un futuro, sería perfectamente compatible con la fe católica.
Mayor delito tiene la falsa afirmación de sometido catedrático, cuando “no hace mucho (en catalán. 2007, Ed. Claret) se ha publicado Creació i evolució, que es la crónica de un encuentro y diálogos mantenidos con el Papa Benedicto XVI en Castelgandolfo, del 1 a 3 de septiembre de 2006. No se cuestiona en un solo momento el hecho de la evolución de los seres vivos, que se ve compatible con la creación”, como se le replica al fulano en el mismo diario, en una carta de réplica.
Hay muchas más evidencias sobre la clara posición de la Iglesia Católica al respecto. Entonces, ante una situación tan evidente, ¿Por qué ese catedrático de la Universidad de Barcelona se ensaña con mentiras contra la Iglesia?
La respuesta está en los párrafos con los que empezaba este escrito. La Universidad de Barcelona no le exige nivel científico, le exige sumisión ideológica. La forma de nuestro catedrático de revalidar su cátedra es mostrar esa sumisión. Y ¿qué cosa más fácil que difamar a la Iglesia Católica, algo que sale gratis y que no implica represalias materiales?
viernes, 10 de abril de 2009
Semana Santa
Recupero una crónica de la Semana Santa de 2005, que escribí en el contexto de un foro católico en el que también participaban algunos no católicos. La intervención se perdió en el tiempo, como ocurre con las conversaciones en todos los foros, pero el contenido es de absoluta actualidad. Sólo he suprimido del original, las referencias a personas y circunstancias concretas que en nada afectan al relato y he arreglado algunas expresiones gramaticales.
“Lo que describo podríais vivirlo igual cualquiera de vosotros, lectores y lectoras anónimos, que quizás no os atrevéis a participar en el foro porque os pueda parecer distante mucho de lo que en él se lee. Os animo a los que leéis sin animaros a intervenir, o a los que podáis ver esto de los católicos como locura (no andáis muy desatinados) a que os enredéis en una experiencia como la que cuento, entrando en ella sin pudor, con el corazón abierto, dispuestos a daros en los morros de plano. Que nada malo os puede pasar porque al fin, estos católicos, de puro bueno son panes... Al respecto, os cuento dos anécdotas de estos días.
Me encontraba una noche [siempre en referencia a los días de la Semana Santa] en la Adoración del Santísimo, que se celebraba en un templo en pleno barrio conflictivo de Barcelona, con las puestas abiertas de par en par. En esto, un hombre se cuela en plan bronca... Fuera, la noche y sus vicisitudes. Dentro el templo iluminado, cargado de flores, los fieles arrodillados o sentados en los bancos sumidos en sus rezos, y todo en un silencio balsámico. Frente al altar y en un amplio espacio despejado que lo separa de los bancos, el suelo de mármol está salpicado de las puras flores de las hermanitas postradas o de rodillas en adoración de nuestro Señor.
El hombre, quizás de treinta años, de aspecto entre “progre” y “cutre” y en cualquier caso violento, con un maletín en una mano y unas gafas de sol (¡) en la otra, se acerca decidido hacia el altar, tan decidido que me sobresalta pues me pasa rozando. Como no soy un buen católico, me hiere un montón su actitud irreverente y pienso en salir detrás de él y partirle la crisma, o que me la parta él, si da un paso más de la cuenta (¡Pedro violento, bocazas y luego cobarde y traidor!), pero al llegar a los escalones que llevan al altar, el bruto se para bruscamente. Nadie se mueve, ni lo miran. Para llegar hasta ahí a pasado entre las flores, pero su violenta brisa no ha movido un pétalo. Junto al altar dos hermanitas y el oficiante, un sacerdote del que no hablo pues es indescriptible, paradigma de hombre santo, parece que ni tan siquiera se han percatado de que algo se haya movido en el templo en la última hora.
En hombre se ha parado y mira. Pienso “...Santo Fuerte...”. ¿Quién puede mover un párpado sin Tu permiso? Rezo, “Señor, desemborrícalo”. Luego sabré que otras oraciones han atendido, estas con ternura, a aquel hombre. Y el hombre sigue parado y mirando. Pasan unos instantes y acaba la adoración. El sacerdote se levanta, va hacia el altar, iza la custodia para iniciar la bendición y el hombre se pliega. Literalmente. No se arrodilla ni se agacha. Se pliega, y queda en cuclillas. El sacerdote bendice a todos los presentes y luego, como en otras ocasiones, se nos pide que abandonemos el templo, pues se cierra. Salimos y desde la puerta miro para atrás y el hombre sigue plegado. Dos hermanitas están a su lado, al parecer pidiendo que reaccione y se marche a un bulto que no reacciona. No me quedé a ver el final.
Otra noche es protagonista otro hombre, esta vez un indigente. El momento el mismo, el más propicio para que los provocadores se cuelen. El protagonista entra escandalosamente en el templo, llega frente al altar, pilla una silla y se sienta descarado y agresivo frente a los feligreses. Y empieza a descargarse mascullando pensamientos. El tono agresivo del principio se va templando cuando se ve atendido, pues habla de religión en términos críticos pero coherentes. Incluso alguna hermanita intercambia palabras con él. Pero puede más la bestia. Se anima al ver tanta indefensión y empieza a desbarrar sobre tópicos anticristianos. Perdemos el interés en él y la comunidad sigue con la intimidad de sus rezos. El hombre se molesta con esa indiferencia y arrecia sus insultos, pero ya es invisible. Y cuando creo que va a pasar de las palabras a la provocación física, se levanta mascullando no sé que. Y se va como entró, impotente frente a lo intangible, bilioso por su miseria, con el rabo entre las piernas.
Pero me estoy yendo del argumento. Vuelvo a mi crónica sobre la Semana Santa.
El lunes asisto a los Oficios – La unción de Betania -, el primero a las once de la mañana y el segundo a las seis y media de la tarde, ambos seguidos de un ratito de Adoración. No conocía el rito oriental, pero es una liturgia tan pausada y naturalmente ceremoniosa, que ayuda a hacer de los actos religiosos algo todavía más emotivo. Todo transcurre como fluyendo, invitándote a dejarte discurrir con los rezos y los cánticos, hora tras hora, de forma que te vas sintiendo inundado de paz en el alma y de armonía con la Palabra. La intensidad emocional es tal, que acabo el día agotado y pienso que el martes asistiré tan sólo a la Eucaristía. Pero esa noche duermo apenas dos horas. Me levanto de madrugada y cuando clarea veo que el día está gris. La paz de la madrugada y el lánguido ambiente del cielo nublado afectan a mi espíritu y no puedo evitar asistir con alegría en el alma al primer Oficio – El óbolo de la viuda pobre - a las ocho de la mañana. Luego, a las seis y media de la tarde, asisto a la segunda parte de la celebración. El templo engalanado con primor, el incienso, los cantos, la sobriedad de los oficiantes, el rito, los iconos, y ¡Dios mío!, un alma ávida de todo aquello, hacen estragos también en mi cuerpo y de nuevo llego a la noche extenuado de sentir, emborrachado de emociones, abrumado de intuir el inhumano por infinito poder de Jesús. Me siento fortalecido en su Fuerza frente al mundo, como el hermano menor que provoca a los golfillos asomando la cabeza por detrás de las piernas de su hermano mayor.
El miércoles me quedo dormido después de otra mala noche (desde el sábado tengo tos persistente y me he quedado sin voz, lo que celebran mis personas próximas) y no asisto al Oficio – Oficio de las Lamentaciones - de las siete y media de la mañana. A las doce se celebra la Eucaristía y en ella puedo de nuevo abrir el corazón sin pudor ¿no me dan pie los hermanitos y hermanitas que rezan a mi lado? Pero el oficio dura un instante y acabo como el niño pequeño al que se debe dar la palmada en la mano para que deje los dulces. Por la tarde, a las ocho y media, se celebra la Vigilia de la Cena del Señor, con el Lavatorio de los pies, un emotivo cántico a la caridad y al amor al prójimo con el colofón contundente del Evangelio de San Juan. ¿Cómo puede nadie no desmoronarse ante la desconcertante doctrina de Jesús? ¡Dios mío!, ¿quién si no Jesús puede dictar semejante doctrina de caridad y de amor?; Dios, el Dios del Universo, el Creador de todo lo que ha existido, existe y existirá, el Infinito por no tener principio ni fin, el Inescrutable,.. ese Dios, aparece postrado a los pies de sus discípulos, hombres de baja extracción social, lavándoles los pies. Esta escena, que dicha de cualquier otro de esos dioses que hayan cabido en mente humana hubiera sido blasfemia para sus seguidores, en Jesús es doctrina, porque Jesús no puede caber en mente humana.
Hoy, Miércoles Santo, el celebrante lava, seca y besa los pies de hermanitos de comunidad y de buenos hombres, indigentes, recogidos en las calles del barrio. ¡Qué cerca estamos todos, y qué lejos queremos estar!
Por la tarde y como en las otras ocasiones, he llegado pronto, pues me apetece sentir el trasiego previo a la celebración. Mientras espero, una hermanita me entrega el librito con el texto del día. Al parecer me ha visto en otro momento y mi dulce hermanita me pregunta si soy muy devoto. No le puedo engañar y le digo que no, que me trajeron el primer día y que la ceremonia me enganchó. No quiero que se confunda y crea que soy una buena persona.
Algo me ocurre el Jueves Santo, no tengo presente que fue, que no me permite asistir a las celebraciones hasta la Eucaristía de la Cena del Señor, a las siete de la tarde, que está seguida de Acción de gracias con la lectura del capítulo 17 del Evangelio de san Juan, asombroso texto que rezuma divinidad y que me ratifica, como en tantas ocasiones en los días precedentes, que sólo se puede no ser cristiano por dos razones; ignorancia o maldad. Quién conociendo no cree, es un insensato. No digo que todo el que conozca el Evangelio deba ser bueno, pues cada uno tiene su naturaleza, pero sí que debe intentar serlo según Sus enseñanzas, pues no hay alternativa para una vida plena y armónica con lo mejor de nuestra naturaleza. Durante estos días he estado pensando insistentemente ¿cuál diantre es el argumento de los no creyentes, para ir contra el mandamiento de amarnos los unos a los otros?, ¿cuál es la maldad de un Dios que predica amor y las consecuencias directas que se derivan de ese amor? No entro en la cuestión de fondo del cristianismo, que es tema muy complejo, me refiero sólo a la actitud inicial hacia el cristianismo. Si a cualquiera le dicen a través de un medio de difusión “vea esta película, que le divertirá”, ese cualquiera irá a verla con ánimo positivo, con la sonrisa puesta, y luego juzgará según su sintonía con el guionista. Si a ese cualquiera le dicen que una doctrina predica amor, parece que lo normal es atenderla con actitud positiva y luego ver que pasa. Lo que pasará es que a ese cualquiera la doctrina le mantendrá la sonrisa en los labios, como mínimo, y salvo aberración del alma, la encontrará agradable y buena. Esto es tan cabal, que por eso digo que sólo la ignorancia y la maldad pueden hacer que un hombre libre, no sea cristiano y que aún el errado, no reconozca la virtud del cristianismo.
El Viernes Santo me quedo en mi Parroquia. Por cierto, os tengo que hablar de ella, de mi Parroquia.
Es una parroquia cualquiera. Una como otras tantas. El Viernes Santo entro por la mañana al Oficio de la Pasión de Jesús y me encuentro con la ancianidad del barrio que llena un cuarto del templo,... no, quizás menos. El cura, también añejo, en pie junto al atril, guía la oración de su mermado y ajado, eso sí devoto, rebaño. El edificio inhóspito, la luz escasa, sin cánticos, sin acólitos esbeltos, sin gestos ceremoniosos que ni cabrían en semejantes pellejos,... todo tan distinto a los días anteriores... Va a caerme el alma a los pies, pero no le doy tiempo de que se mueva un ápice de su lugar. Todo aquí es más... menos,... pero Jesús está también aquí. El mismo Jesús del santo boato y de los coros de la otra Parroquia, de la bonita. Pero hay una diferencia,... este cura gris, ya viejo, de voz forzada, solo en su papel, pastoreando carcamales, entre los que humildemente me incluyo, es un gigante, un héroe discreto, un mártir que día a día consume un trocito de su vida para sacar adelante rebaño tan poco agradecido. ¡Bendito sea! Si Dios me da vida y fe, mi próximo Viernes Santo le adoraré y viviré Su Pasión en la más triste parroquia que pueda encontrar en mi ciudad. Y mientras, os pido una oración por los miles de curas, como el de mi Parroquia.
El sábado es un día anodino. Mi tos me aconseja quedarme en casa, como lo hacen la colada, acumulada de una semana; la nevera, temblando de desolación; el polvo, feliz en su imperio; y el orden, a su desaire. Me quedo en casa a marujear. Lo único distinto es que me echo a intentar dormir en el sofá, no a velar, a dormir. Sólo lo he hecho en otra ocasión y no pegué ojo, pues me sobran de rodillas para abajo. Dejo la persiana subida para que al amanecer me despierte la luz, caso de que me consiga dormir. Pues nada, duermo siete horas de un tirón y me despierta un sol espléndido, ya alto. Además es la primera noche en la semana que no paso en duermevela por la tos. Creo que el mensaje es que si quiero hacer sacrificios los haga en serio, y que nada de tonterías.
Y llega por fin el Domingo de Resurrección. Salgo como siempre con mucho tiempo para asistir a la Misa de Pascua y me encuentro que al llegar a la iglesia está abarrotada y ha empezado la homilía. ¡He mirado un montón de veces una carraca de reloj que tengo en casa y no lo he sabido leer bien!, ¡seré tonto! Es un reloj que tiene las agujas desfasadas y adelanta un tanto, pero llevamos años juntos y suelo leerlo sin errores. Me desmoralizo mucho y lo achaco a un problema de demencia senil incipiente. En la homilía el sacerdote recuerda que la Resurrección es la esencia de toda la doctrina cristiana y que nada tiene sentido si no se cree realmente que Jesús resucitó, como lo hizo. No entender esto es no entender nada y no creer esto, es no creer nada. Para mí, cómo para algunos de los que estaréis leyendo esto, es este el cuello de botella y dónde realmente se ha de batir el cobre de la fe. Veo el cristianismo como un camino que va de un Jesús niño que nace en Belén, hasta un Dios infinito. Es un camino despejado, que abarcamos entero de una mirada. Pero en su mitad, un pequeño muro de piedra rompe la continuidad visual del sendero y aunque lo vemos seguir, no sabemos si es el mismo camino que continúa, o si es otro que empieza de nuevo justo detrás del muro y nos produce el efecto visual de ser el mismo.
El conocimiento de la vida de Jesús nos hace amarle, al margen de su divinidad. Soy así de taxativo porque dudo que nadie en su juicio, que conozca a Jesús, no sienta hacia Él un afecto entrañable. Yo nunca he acabado de entenderle y hay momentos en que me causa tanta zozobra, que sólo confío en que me cuente entre los suyos (¡eh, Señor!, ¡que estoy en medio y soy de los casi buenos!). Este primer tramo del camino, hasta el muro, no me crea ninguna duda; estoy bien con Él, le quiero y me gusta todo lo que dice, hasta el punto de seguirle.
La segunda parte del camino, desde el muro hasta el final, tampoco me representa problema. Negar la existencia de un motor del universo, de un creador, de un mundo por encima del material, es un ejercicio que no me atrevería a hacer por puro decoro intelectual. Siempre he considerado al ateo – por poner el extremo al que se pueden añadir los matices que se quieran – un bocazas, un pedante, un indocumentado o un malintencionado, pues en la historia de la Humanidad la espiritualidad ha ido de la mano de la propia naturaleza del Hombre y la inmensa mayoría de grandes pensadores confluyen es esa idea. Tampoco me crea problemas esa segunda parte del camino.
El problema está pues en el muro ¿qué hay detrás?, el que sigue, ¿es el mismo camino o es otro? El Domingo de Pascua los cristianos celebran que es el mismo camino. ¿Cómo lo saben? No lo saben, lo creen, es la fe. Si se pudiera saber, no habría cristianos o no habría otras religiones, pues el asunto estaría claro.
Y mi pregunta, y quizás la de alguno de vosotros, es ¿perdí el tiempo en la Misa de Pascua?, pues ese es el dato que nos falta para determinar si el camino es el mismo o se trata todo de un efecto visual.
Veréis, hay una forma de saber que es lo que hay al otro lado del muro. Saltándolo. Pero como es un muro intangible, el salto necesita una técnica distinta y esa técnica consiste en “abrir el corazón”. Ya comenté algo de esto más arriba y oiréis que los buenos cristianos conocen y recomiendan esta técnica. Naturalmente no se trata de perder toda la vida en el experimento, sólo de ensayar un poco y aplicar la técnica, a ver que vemos, a ver como se nos da el salto. Luego, si nada, pues nada. La técnica de “abrir el corazón” significa que si Jesús te parece bueno y crees que existe un ser superior, has de tomar como supuesto que Jesús es ese ser superior, que Jesús es Dios, y en base a ello, saltas a la vida cumpliendo sus enseñanzas en la confianza de que es Dios quien está detrás de ti para recibir el golpe. Me dirás, ¡si no funciona, me la pego! ¡Hombre, tanto como eso! Si no funciona habrás aprendido a amar, a respetar, a compartir, cosas buenas que sin un sentido último sirven para poco, pero que son mejores que odiar, abusar y acaparar. Pero lo que te sorprenderá, es que el salto, si está bien dado, siempre funciona y cuando veas los efectos que la aceptación de Jesús y de su divinidad ejercen sobre ti, no te cabrá duda de que el camino es el mismo desde Belén hasta Dios, y que celebrar el Domingo de Pascua la Resurrección de Jesús, es la más gratificante y justificada celebración que un ser humano puede realizar.
El oficio acaba saliendo a la calle cantando la alegría de la Resurrección, en procesión tras un icono portado por el celebrante que lo mantiene alzado sobre su cabeza. Y ya en la calle, pasándose un megáfono de mano en mano entre los hermanitos y hermanitas y las personas que lo desean, anuncia cada uno en su idioma la Resurrección del Señor. Las caras de las hermanitas se iluminaban cuando dicen a los transeúntes, con alegría en el corazón y los ojos radiantes “¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!”
Al salir me tropiezo con una amiga, que me da una gran alegría al decirme que esa noche se han adelantado los relojes una hora para entrar en horario de verano. ¡Qué alivio! Al volver a casa celebro este domingo tan especial zampándome un brazo de gitano de chocolate.... no es gula, porque me hubiera comido otro. Por la noche, en mi modesta Parroquia, compenso el retraso de la mañana.
Así fueron y viví mis Días Santos. Os confesaré compañeros del foro que me sentí un poco cohibido entre tanta oración y entrega. Me sentía como la oveja negra del redil de hermanitos, hermanitas, celebrantes y devotos que me rodeaban en la primera fila de bancos, en la que me senté desde el principio. Y también pensaba en algunos de vosotros, foreros, que tanta piedad y seguridad reflejáis en vuestros escritos. Y quizás con tantos hombres y mujeres buenos que estaban presentes o en mi mente, me revelé un poco – pura impotencia y debilidad - y pensé en que hay que ser líder, porque si no la obediencia pierde su valor; en que hay que ser rico, porque si no la pobreza carece de valor; en que hay que ser independiente, porque si no la vida en iglesia pierde su valor; en que hay que ser rebelde, para poder ser manso; en que no debemos sufrir por ser pecadores, porque es requisito para poder ser santos; en que no debe angustiarnos ser marginales, porque es caridad para que otros sean centro.”
“Lo que describo podríais vivirlo igual cualquiera de vosotros, lectores y lectoras anónimos, que quizás no os atrevéis a participar en el foro porque os pueda parecer distante mucho de lo que en él se lee. Os animo a los que leéis sin animaros a intervenir, o a los que podáis ver esto de los católicos como locura (no andáis muy desatinados) a que os enredéis en una experiencia como la que cuento, entrando en ella sin pudor, con el corazón abierto, dispuestos a daros en los morros de plano. Que nada malo os puede pasar porque al fin, estos católicos, de puro bueno son panes... Al respecto, os cuento dos anécdotas de estos días.
Me encontraba una noche [siempre en referencia a los días de la Semana Santa] en la Adoración del Santísimo, que se celebraba en un templo en pleno barrio conflictivo de Barcelona, con las puestas abiertas de par en par. En esto, un hombre se cuela en plan bronca... Fuera, la noche y sus vicisitudes. Dentro el templo iluminado, cargado de flores, los fieles arrodillados o sentados en los bancos sumidos en sus rezos, y todo en un silencio balsámico. Frente al altar y en un amplio espacio despejado que lo separa de los bancos, el suelo de mármol está salpicado de las puras flores de las hermanitas postradas o de rodillas en adoración de nuestro Señor.
El hombre, quizás de treinta años, de aspecto entre “progre” y “cutre” y en cualquier caso violento, con un maletín en una mano y unas gafas de sol (¡) en la otra, se acerca decidido hacia el altar, tan decidido que me sobresalta pues me pasa rozando. Como no soy un buen católico, me hiere un montón su actitud irreverente y pienso en salir detrás de él y partirle la crisma, o que me la parta él, si da un paso más de la cuenta (¡Pedro violento, bocazas y luego cobarde y traidor!), pero al llegar a los escalones que llevan al altar, el bruto se para bruscamente. Nadie se mueve, ni lo miran. Para llegar hasta ahí a pasado entre las flores, pero su violenta brisa no ha movido un pétalo. Junto al altar dos hermanitas y el oficiante, un sacerdote del que no hablo pues es indescriptible, paradigma de hombre santo, parece que ni tan siquiera se han percatado de que algo se haya movido en el templo en la última hora.
En hombre se ha parado y mira. Pienso “...Santo Fuerte...”. ¿Quién puede mover un párpado sin Tu permiso? Rezo, “Señor, desemborrícalo”. Luego sabré que otras oraciones han atendido, estas con ternura, a aquel hombre. Y el hombre sigue parado y mirando. Pasan unos instantes y acaba la adoración. El sacerdote se levanta, va hacia el altar, iza la custodia para iniciar la bendición y el hombre se pliega. Literalmente. No se arrodilla ni se agacha. Se pliega, y queda en cuclillas. El sacerdote bendice a todos los presentes y luego, como en otras ocasiones, se nos pide que abandonemos el templo, pues se cierra. Salimos y desde la puerta miro para atrás y el hombre sigue plegado. Dos hermanitas están a su lado, al parecer pidiendo que reaccione y se marche a un bulto que no reacciona. No me quedé a ver el final.
Otra noche es protagonista otro hombre, esta vez un indigente. El momento el mismo, el más propicio para que los provocadores se cuelen. El protagonista entra escandalosamente en el templo, llega frente al altar, pilla una silla y se sienta descarado y agresivo frente a los feligreses. Y empieza a descargarse mascullando pensamientos. El tono agresivo del principio se va templando cuando se ve atendido, pues habla de religión en términos críticos pero coherentes. Incluso alguna hermanita intercambia palabras con él. Pero puede más la bestia. Se anima al ver tanta indefensión y empieza a desbarrar sobre tópicos anticristianos. Perdemos el interés en él y la comunidad sigue con la intimidad de sus rezos. El hombre se molesta con esa indiferencia y arrecia sus insultos, pero ya es invisible. Y cuando creo que va a pasar de las palabras a la provocación física, se levanta mascullando no sé que. Y se va como entró, impotente frente a lo intangible, bilioso por su miseria, con el rabo entre las piernas.
Pero me estoy yendo del argumento. Vuelvo a mi crónica sobre la Semana Santa.
El lunes asisto a los Oficios – La unción de Betania -, el primero a las once de la mañana y el segundo a las seis y media de la tarde, ambos seguidos de un ratito de Adoración. No conocía el rito oriental, pero es una liturgia tan pausada y naturalmente ceremoniosa, que ayuda a hacer de los actos religiosos algo todavía más emotivo. Todo transcurre como fluyendo, invitándote a dejarte discurrir con los rezos y los cánticos, hora tras hora, de forma que te vas sintiendo inundado de paz en el alma y de armonía con la Palabra. La intensidad emocional es tal, que acabo el día agotado y pienso que el martes asistiré tan sólo a la Eucaristía. Pero esa noche duermo apenas dos horas. Me levanto de madrugada y cuando clarea veo que el día está gris. La paz de la madrugada y el lánguido ambiente del cielo nublado afectan a mi espíritu y no puedo evitar asistir con alegría en el alma al primer Oficio – El óbolo de la viuda pobre - a las ocho de la mañana. Luego, a las seis y media de la tarde, asisto a la segunda parte de la celebración. El templo engalanado con primor, el incienso, los cantos, la sobriedad de los oficiantes, el rito, los iconos, y ¡Dios mío!, un alma ávida de todo aquello, hacen estragos también en mi cuerpo y de nuevo llego a la noche extenuado de sentir, emborrachado de emociones, abrumado de intuir el inhumano por infinito poder de Jesús. Me siento fortalecido en su Fuerza frente al mundo, como el hermano menor que provoca a los golfillos asomando la cabeza por detrás de las piernas de su hermano mayor.
El miércoles me quedo dormido después de otra mala noche (desde el sábado tengo tos persistente y me he quedado sin voz, lo que celebran mis personas próximas) y no asisto al Oficio – Oficio de las Lamentaciones - de las siete y media de la mañana. A las doce se celebra la Eucaristía y en ella puedo de nuevo abrir el corazón sin pudor ¿no me dan pie los hermanitos y hermanitas que rezan a mi lado? Pero el oficio dura un instante y acabo como el niño pequeño al que se debe dar la palmada en la mano para que deje los dulces. Por la tarde, a las ocho y media, se celebra la Vigilia de la Cena del Señor, con el Lavatorio de los pies, un emotivo cántico a la caridad y al amor al prójimo con el colofón contundente del Evangelio de San Juan. ¿Cómo puede nadie no desmoronarse ante la desconcertante doctrina de Jesús? ¡Dios mío!, ¿quién si no Jesús puede dictar semejante doctrina de caridad y de amor?; Dios, el Dios del Universo, el Creador de todo lo que ha existido, existe y existirá, el Infinito por no tener principio ni fin, el Inescrutable,.. ese Dios, aparece postrado a los pies de sus discípulos, hombres de baja extracción social, lavándoles los pies. Esta escena, que dicha de cualquier otro de esos dioses que hayan cabido en mente humana hubiera sido blasfemia para sus seguidores, en Jesús es doctrina, porque Jesús no puede caber en mente humana.
Hoy, Miércoles Santo, el celebrante lava, seca y besa los pies de hermanitos de comunidad y de buenos hombres, indigentes, recogidos en las calles del barrio. ¡Qué cerca estamos todos, y qué lejos queremos estar!
Por la tarde y como en las otras ocasiones, he llegado pronto, pues me apetece sentir el trasiego previo a la celebración. Mientras espero, una hermanita me entrega el librito con el texto del día. Al parecer me ha visto en otro momento y mi dulce hermanita me pregunta si soy muy devoto. No le puedo engañar y le digo que no, que me trajeron el primer día y que la ceremonia me enganchó. No quiero que se confunda y crea que soy una buena persona.
Algo me ocurre el Jueves Santo, no tengo presente que fue, que no me permite asistir a las celebraciones hasta la Eucaristía de la Cena del Señor, a las siete de la tarde, que está seguida de Acción de gracias con la lectura del capítulo 17 del Evangelio de san Juan, asombroso texto que rezuma divinidad y que me ratifica, como en tantas ocasiones en los días precedentes, que sólo se puede no ser cristiano por dos razones; ignorancia o maldad. Quién conociendo no cree, es un insensato. No digo que todo el que conozca el Evangelio deba ser bueno, pues cada uno tiene su naturaleza, pero sí que debe intentar serlo según Sus enseñanzas, pues no hay alternativa para una vida plena y armónica con lo mejor de nuestra naturaleza. Durante estos días he estado pensando insistentemente ¿cuál diantre es el argumento de los no creyentes, para ir contra el mandamiento de amarnos los unos a los otros?, ¿cuál es la maldad de un Dios que predica amor y las consecuencias directas que se derivan de ese amor? No entro en la cuestión de fondo del cristianismo, que es tema muy complejo, me refiero sólo a la actitud inicial hacia el cristianismo. Si a cualquiera le dicen a través de un medio de difusión “vea esta película, que le divertirá”, ese cualquiera irá a verla con ánimo positivo, con la sonrisa puesta, y luego juzgará según su sintonía con el guionista. Si a ese cualquiera le dicen que una doctrina predica amor, parece que lo normal es atenderla con actitud positiva y luego ver que pasa. Lo que pasará es que a ese cualquiera la doctrina le mantendrá la sonrisa en los labios, como mínimo, y salvo aberración del alma, la encontrará agradable y buena. Esto es tan cabal, que por eso digo que sólo la ignorancia y la maldad pueden hacer que un hombre libre, no sea cristiano y que aún el errado, no reconozca la virtud del cristianismo.
El Viernes Santo me quedo en mi Parroquia. Por cierto, os tengo que hablar de ella, de mi Parroquia.
Es una parroquia cualquiera. Una como otras tantas. El Viernes Santo entro por la mañana al Oficio de la Pasión de Jesús y me encuentro con la ancianidad del barrio que llena un cuarto del templo,... no, quizás menos. El cura, también añejo, en pie junto al atril, guía la oración de su mermado y ajado, eso sí devoto, rebaño. El edificio inhóspito, la luz escasa, sin cánticos, sin acólitos esbeltos, sin gestos ceremoniosos que ni cabrían en semejantes pellejos,... todo tan distinto a los días anteriores... Va a caerme el alma a los pies, pero no le doy tiempo de que se mueva un ápice de su lugar. Todo aquí es más... menos,... pero Jesús está también aquí. El mismo Jesús del santo boato y de los coros de la otra Parroquia, de la bonita. Pero hay una diferencia,... este cura gris, ya viejo, de voz forzada, solo en su papel, pastoreando carcamales, entre los que humildemente me incluyo, es un gigante, un héroe discreto, un mártir que día a día consume un trocito de su vida para sacar adelante rebaño tan poco agradecido. ¡Bendito sea! Si Dios me da vida y fe, mi próximo Viernes Santo le adoraré y viviré Su Pasión en la más triste parroquia que pueda encontrar en mi ciudad. Y mientras, os pido una oración por los miles de curas, como el de mi Parroquia.
El sábado es un día anodino. Mi tos me aconseja quedarme en casa, como lo hacen la colada, acumulada de una semana; la nevera, temblando de desolación; el polvo, feliz en su imperio; y el orden, a su desaire. Me quedo en casa a marujear. Lo único distinto es que me echo a intentar dormir en el sofá, no a velar, a dormir. Sólo lo he hecho en otra ocasión y no pegué ojo, pues me sobran de rodillas para abajo. Dejo la persiana subida para que al amanecer me despierte la luz, caso de que me consiga dormir. Pues nada, duermo siete horas de un tirón y me despierta un sol espléndido, ya alto. Además es la primera noche en la semana que no paso en duermevela por la tos. Creo que el mensaje es que si quiero hacer sacrificios los haga en serio, y que nada de tonterías.
Y llega por fin el Domingo de Resurrección. Salgo como siempre con mucho tiempo para asistir a la Misa de Pascua y me encuentro que al llegar a la iglesia está abarrotada y ha empezado la homilía. ¡He mirado un montón de veces una carraca de reloj que tengo en casa y no lo he sabido leer bien!, ¡seré tonto! Es un reloj que tiene las agujas desfasadas y adelanta un tanto, pero llevamos años juntos y suelo leerlo sin errores. Me desmoralizo mucho y lo achaco a un problema de demencia senil incipiente. En la homilía el sacerdote recuerda que la Resurrección es la esencia de toda la doctrina cristiana y que nada tiene sentido si no se cree realmente que Jesús resucitó, como lo hizo. No entender esto es no entender nada y no creer esto, es no creer nada. Para mí, cómo para algunos de los que estaréis leyendo esto, es este el cuello de botella y dónde realmente se ha de batir el cobre de la fe. Veo el cristianismo como un camino que va de un Jesús niño que nace en Belén, hasta un Dios infinito. Es un camino despejado, que abarcamos entero de una mirada. Pero en su mitad, un pequeño muro de piedra rompe la continuidad visual del sendero y aunque lo vemos seguir, no sabemos si es el mismo camino que continúa, o si es otro que empieza de nuevo justo detrás del muro y nos produce el efecto visual de ser el mismo.
El conocimiento de la vida de Jesús nos hace amarle, al margen de su divinidad. Soy así de taxativo porque dudo que nadie en su juicio, que conozca a Jesús, no sienta hacia Él un afecto entrañable. Yo nunca he acabado de entenderle y hay momentos en que me causa tanta zozobra, que sólo confío en que me cuente entre los suyos (¡eh, Señor!, ¡que estoy en medio y soy de los casi buenos!). Este primer tramo del camino, hasta el muro, no me crea ninguna duda; estoy bien con Él, le quiero y me gusta todo lo que dice, hasta el punto de seguirle.
La segunda parte del camino, desde el muro hasta el final, tampoco me representa problema. Negar la existencia de un motor del universo, de un creador, de un mundo por encima del material, es un ejercicio que no me atrevería a hacer por puro decoro intelectual. Siempre he considerado al ateo – por poner el extremo al que se pueden añadir los matices que se quieran – un bocazas, un pedante, un indocumentado o un malintencionado, pues en la historia de la Humanidad la espiritualidad ha ido de la mano de la propia naturaleza del Hombre y la inmensa mayoría de grandes pensadores confluyen es esa idea. Tampoco me crea problemas esa segunda parte del camino.
El problema está pues en el muro ¿qué hay detrás?, el que sigue, ¿es el mismo camino o es otro? El Domingo de Pascua los cristianos celebran que es el mismo camino. ¿Cómo lo saben? No lo saben, lo creen, es la fe. Si se pudiera saber, no habría cristianos o no habría otras religiones, pues el asunto estaría claro.
Y mi pregunta, y quizás la de alguno de vosotros, es ¿perdí el tiempo en la Misa de Pascua?, pues ese es el dato que nos falta para determinar si el camino es el mismo o se trata todo de un efecto visual.
Veréis, hay una forma de saber que es lo que hay al otro lado del muro. Saltándolo. Pero como es un muro intangible, el salto necesita una técnica distinta y esa técnica consiste en “abrir el corazón”. Ya comenté algo de esto más arriba y oiréis que los buenos cristianos conocen y recomiendan esta técnica. Naturalmente no se trata de perder toda la vida en el experimento, sólo de ensayar un poco y aplicar la técnica, a ver que vemos, a ver como se nos da el salto. Luego, si nada, pues nada. La técnica de “abrir el corazón” significa que si Jesús te parece bueno y crees que existe un ser superior, has de tomar como supuesto que Jesús es ese ser superior, que Jesús es Dios, y en base a ello, saltas a la vida cumpliendo sus enseñanzas en la confianza de que es Dios quien está detrás de ti para recibir el golpe. Me dirás, ¡si no funciona, me la pego! ¡Hombre, tanto como eso! Si no funciona habrás aprendido a amar, a respetar, a compartir, cosas buenas que sin un sentido último sirven para poco, pero que son mejores que odiar, abusar y acaparar. Pero lo que te sorprenderá, es que el salto, si está bien dado, siempre funciona y cuando veas los efectos que la aceptación de Jesús y de su divinidad ejercen sobre ti, no te cabrá duda de que el camino es el mismo desde Belén hasta Dios, y que celebrar el Domingo de Pascua la Resurrección de Jesús, es la más gratificante y justificada celebración que un ser humano puede realizar.
El oficio acaba saliendo a la calle cantando la alegría de la Resurrección, en procesión tras un icono portado por el celebrante que lo mantiene alzado sobre su cabeza. Y ya en la calle, pasándose un megáfono de mano en mano entre los hermanitos y hermanitas y las personas que lo desean, anuncia cada uno en su idioma la Resurrección del Señor. Las caras de las hermanitas se iluminaban cuando dicen a los transeúntes, con alegría en el corazón y los ojos radiantes “¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!”
Al salir me tropiezo con una amiga, que me da una gran alegría al decirme que esa noche se han adelantado los relojes una hora para entrar en horario de verano. ¡Qué alivio! Al volver a casa celebro este domingo tan especial zampándome un brazo de gitano de chocolate.... no es gula, porque me hubiera comido otro. Por la noche, en mi modesta Parroquia, compenso el retraso de la mañana.
Así fueron y viví mis Días Santos. Os confesaré compañeros del foro que me sentí un poco cohibido entre tanta oración y entrega. Me sentía como la oveja negra del redil de hermanitos, hermanitas, celebrantes y devotos que me rodeaban en la primera fila de bancos, en la que me senté desde el principio. Y también pensaba en algunos de vosotros, foreros, que tanta piedad y seguridad reflejáis en vuestros escritos. Y quizás con tantos hombres y mujeres buenos que estaban presentes o en mi mente, me revelé un poco – pura impotencia y debilidad - y pensé en que hay que ser líder, porque si no la obediencia pierde su valor; en que hay que ser rico, porque si no la pobreza carece de valor; en que hay que ser independiente, porque si no la vida en iglesia pierde su valor; en que hay que ser rebelde, para poder ser manso; en que no debemos sufrir por ser pecadores, porque es requisito para poder ser santos; en que no debe angustiarnos ser marginales, porque es caridad para que otros sean centro.”
domingo, 22 de marzo de 2009
Pseudónimos y censura
En un diario digital, leo un artículo sobre Internet que expone, como originales, lugares comunes sobre la red.
Entre otros, critica el hecho de que muchas personas no aparecen en Internet con su verdadero nombre. Para el autor del escrito, eso hace a Internet peligroso.
La observación es, cuanto menos, discutible. Si el que lee es un adulto, con las ideas claras y exento del instinto de cotilleo pueblerino, ¿que más le da la identidad del que interviene en Internet? ¿o es que esa identidad le condiciona lo que pueda leer de ese autor? Y en cualquier caso, ¿qué garantías dan un nombre y un apellido, aunque sean reales, si la probabilidad de que conozca al autor es prácticamente cero?
Cuando la falta de identidad encubre el delito, nos encontramos con algo indeseable. Eso es de Perogrullo, pero hacer del anonimato un inconveniente de Internet, es orinar fuera del tiesto. Los que perjudican a Internet son los canallas, no el anonimato.
Desgraciadamente lo que ocurre es que muchos necesitan que alguien les diga a quién pueden leer. Esto les ocurre sobre todo a personas de mente rígida, que sin la referencia de lo que pueden leer se encuentran perdidas, porque su hábito es leer sin digerir, lo que hace a su conciencia muy vulnerable. Por eso, en muchas páginas de Internet, el editor cumple con la celosa obligación de la censura de aquellos textos que no están estrictamente sujetos a la línea de la publicación. Muchas veces se censura simplemente lo que no se entiende, “por si acaso”. En esas páginas los lectores afines pueden pacer tranquilamente, ahora bien, sin la opción de entender ni de aumentar su saber.
Hace quinientos años, mucho antes de Internet, ya advertía el filósofo sobre esta situación: “…si el barbero del lugar no quiere, nada valdrá el sermón más docto, ni será tenido por orador el mismo Tulio. A estos están esperando que hablen los demás, sin osar decir blanco ni negro hasta que éstos se declaran, y al punto gritan: “¡Gran hombre, gran sujeto!” Y dan en alabar a uno sin saber en qué ni por qué; celebran lo que menos entienden y vituperan lo que no conocen, sin más entender ni saber”.
Yo, aquí, escribo con pseudónimo. No porque quiera delinquir, ni porque me de miedo dar la cara. Escribo con pseudónimo por razones meditadas, entre ellas:
Escribo con pseudónimo porque no me hace falta confeccionar más curriculum. Lo que quiere decir que estoy empalagado de éxitos profesionales, de palmaditas en la espalda y de alardes de cinismo de personas dadas a la adulación. Me gusta la paz del anonimato. “…Son las puertas ya cerradas / de mi vida, / y la llave es ya perdida…”
Escribo con pseudónimo, no por miedo. Empecé “mi vida pública” a los dieciséis años, nadando contra corriente y desde entonces sigo en ello. Ya es hora de descansar. “…Y mientras miserablemente / se están los otros abrasando / en sed insacïable / del no durable mando, / tendido yo a la sombra esté cantando…”
Escribo con pseudónimo porque no importa quien habla, sino lo que dice. He oído tonterías mugidas por vacas sagradas mediáticas, y observaciones profundas de analfabetos recónditos. ¿Qué más da quién firme, si lo que escribe tiene sentido? “Mira – dice el Sabio -, aquí si dan en alabar a uno, si una vez cobra buena fama, aunque se eche después a dormir, él ha de ser un gran hombre;… Y por el contrario, a otros que estarán muy despiertos haciendo cosas grandes, dicen que duermen y que nada valen”.
Escribo con pseudónimo para cumplir con mi obligación moral de opinar desde mi modesta experiencia de la vida, en la certeza de que no importa un nombre, que para la casi totalidad de lectores potenciales nada diría, pues no tengo barbero que me diga “¡Gran hombre1”, ni quien me dé fama, que por otra parte ni quiero ni necesito.
En definitiva, el anonimato en Internet no solo no es necesariamente un riesgo, sino que puede ser una virtud, como los actos de caridad que se enriquecen con el secreto. En cualquier caso, lo que hace peligrosa a Internet no es la identidad del que escribe, sino la candidez – o estupidez, según la edad - del que lee.
Pd. Para desasosiego de muchos, omito intencionadamente a los autores de las citas. ¿Serán capaces de aprobarlas o desacreditarlas sin saber de quién proceden? Ahí esta la moraleja de estas líneas.
Entre otros, critica el hecho de que muchas personas no aparecen en Internet con su verdadero nombre. Para el autor del escrito, eso hace a Internet peligroso.
La observación es, cuanto menos, discutible. Si el que lee es un adulto, con las ideas claras y exento del instinto de cotilleo pueblerino, ¿que más le da la identidad del que interviene en Internet? ¿o es que esa identidad le condiciona lo que pueda leer de ese autor? Y en cualquier caso, ¿qué garantías dan un nombre y un apellido, aunque sean reales, si la probabilidad de que conozca al autor es prácticamente cero?
Cuando la falta de identidad encubre el delito, nos encontramos con algo indeseable. Eso es de Perogrullo, pero hacer del anonimato un inconveniente de Internet, es orinar fuera del tiesto. Los que perjudican a Internet son los canallas, no el anonimato.
Desgraciadamente lo que ocurre es que muchos necesitan que alguien les diga a quién pueden leer. Esto les ocurre sobre todo a personas de mente rígida, que sin la referencia de lo que pueden leer se encuentran perdidas, porque su hábito es leer sin digerir, lo que hace a su conciencia muy vulnerable. Por eso, en muchas páginas de Internet, el editor cumple con la celosa obligación de la censura de aquellos textos que no están estrictamente sujetos a la línea de la publicación. Muchas veces se censura simplemente lo que no se entiende, “por si acaso”. En esas páginas los lectores afines pueden pacer tranquilamente, ahora bien, sin la opción de entender ni de aumentar su saber.
Hace quinientos años, mucho antes de Internet, ya advertía el filósofo sobre esta situación: “…si el barbero del lugar no quiere, nada valdrá el sermón más docto, ni será tenido por orador el mismo Tulio. A estos están esperando que hablen los demás, sin osar decir blanco ni negro hasta que éstos se declaran, y al punto gritan: “¡Gran hombre, gran sujeto!” Y dan en alabar a uno sin saber en qué ni por qué; celebran lo que menos entienden y vituperan lo que no conocen, sin más entender ni saber”.
Yo, aquí, escribo con pseudónimo. No porque quiera delinquir, ni porque me de miedo dar la cara. Escribo con pseudónimo por razones meditadas, entre ellas:
Escribo con pseudónimo porque no me hace falta confeccionar más curriculum. Lo que quiere decir que estoy empalagado de éxitos profesionales, de palmaditas en la espalda y de alardes de cinismo de personas dadas a la adulación. Me gusta la paz del anonimato. “…Son las puertas ya cerradas / de mi vida, / y la llave es ya perdida…”
Escribo con pseudónimo, no por miedo. Empecé “mi vida pública” a los dieciséis años, nadando contra corriente y desde entonces sigo en ello. Ya es hora de descansar. “…Y mientras miserablemente / se están los otros abrasando / en sed insacïable / del no durable mando, / tendido yo a la sombra esté cantando…”
Escribo con pseudónimo porque no importa quien habla, sino lo que dice. He oído tonterías mugidas por vacas sagradas mediáticas, y observaciones profundas de analfabetos recónditos. ¿Qué más da quién firme, si lo que escribe tiene sentido? “Mira – dice el Sabio -, aquí si dan en alabar a uno, si una vez cobra buena fama, aunque se eche después a dormir, él ha de ser un gran hombre;… Y por el contrario, a otros que estarán muy despiertos haciendo cosas grandes, dicen que duermen y que nada valen”.
Escribo con pseudónimo para cumplir con mi obligación moral de opinar desde mi modesta experiencia de la vida, en la certeza de que no importa un nombre, que para la casi totalidad de lectores potenciales nada diría, pues no tengo barbero que me diga “¡Gran hombre1”, ni quien me dé fama, que por otra parte ni quiero ni necesito.
En definitiva, el anonimato en Internet no solo no es necesariamente un riesgo, sino que puede ser una virtud, como los actos de caridad que se enriquecen con el secreto. En cualquier caso, lo que hace peligrosa a Internet no es la identidad del que escribe, sino la candidez – o estupidez, según la edad - del que lee.
Pd. Para desasosiego de muchos, omito intencionadamente a los autores de las citas. ¿Serán capaces de aprobarlas o desacreditarlas sin saber de quién proceden? Ahí esta la moraleja de estas líneas.
domingo, 15 de marzo de 2009
Padres e hijos
El respeto a los padres es un sentimiento universal y atemporal. Sólo la corrupción de las costumbres puede alterar la naturaleza de ese vínculo.
Quiero reflexionar sobre un pensamiento del sabio Taycon, citado en el libro chino Beng Sim Po Cam, traducido en lengua castellana por el fraile dominico Juan Cobo, antes de su martirio en 1592 en las costas de la actual Taiwan.
Dice Taycon: “El hombre que honrase a sus padres, él también será honrado de sus hijos, y el que no honra a sus padres, ¿cómo quiere ser honrado de sus hijos?...”.
El respeto a los padres es una constante en todos los tiempos, en Oriente y en Occidente. No hay civilización que haya significado algo, en la que esta idea no prevalezca. El don de la vida es - siempre y en cualquier circunstancia - un gran regalo, que los hijos deben agradecer. Si son creyentes, a Dios que se lo ha otorgado a través de sus progenitores; si no lo son, a los padres que han sido los artífices directos de sus vidas. Cultivar un sentimiento contrario es posible, porque el hombre es libre, pero es antinatural y lleva a la destrucción.
Nuestra sociedad ha vaciado de sentido a la familia y ha construido un artesonado al que llama familia, pero que de ella no tiene más que el nombre. Como la máquina construida con piezas inadecuadas o defectuosas no sirve para nada, la familia sin sus elementos y relaciones intrínsecas no sirve para su función, que es cohesionar la comunidad y crear civilización.
Me sorprende la actitud de muchos jóvenes hacia sus padres, “sus viejos”. ¡Serán cretinos! Ni en acepción cariñosa puede aceptarse semejante falta de respeto.
Es políticamente correcto que en las películas y producciones televisivas, se prodiguen escenas de un padre y un hijo adolescente, en las que el padre atiende con la cabeza baja la reprimenda del hijo, reprimenda quizás porque le ha sorprendido en casa manoseando a una amiguita y le ha dicho que eso no está bien. Y el hijo, dignamente ofendido por semejante intromisión en su intimidad, recurriendo a su “experiencia” de vida y a su bagaje “cultural”, sermonea al padre sobre la libertad y los derechos del hombre, sobre todo sobre los suyos. La tortuga enseña a volar a la liebre.
Podríamos pensar, en un delirio, que el hijo tiene derecho a plantar cara a sus padres y a enmendarles la cartilla cuando le apetece. Pero entonces, ¿por qué vive de ellos? ¿No es una tremenda falta de dignidad por parte del hijo el aceptar la sopa boba? Sin duda, porque un hijo que falta al respeto a sus padres no tiene dignidad, es un canalla.
La soberbia suele acompañar a la falta de respeto de los hijos. Porque se creen más, mejores, que los que les han engendrado y les han conducido con sufrimientos hasta su madurez. Un hijo desapegado es como un extraño, quizás peor, pues la ingratitud suma en el paquete del desapego.
Nuestro sabio Taycon va más lejos. Su conocimiento de la vida le lleva a afirmar que el hijo ingrato sufrirá la ingratitud de sus hijos. Esto es doloroso en cada caso pero, ¿qué trascendencia social alcanza esa afirmación? Si semejante actitud se generaliza, lo que resulta es una sociedad formada por familias sin cohesión, con hijos sin valores, una sociedad desperdigada y enfrentada, una sociedad moribunda.
Ese es nuestro panorama. Hasta el punto que la falta de cohesión ha llegado a matar sistemáticamente a la propia progenie, lo que no ocurre ni en el mundo irracional. Una sociedad de padres artificiales, de aborto y de eutanasia lleva a la autodestrucción. La de todos, incluso la de esos aprendices de brujo que desde las logias mueven los hilos para que deje de existir la familia, la que ha creado el mundo del que disfrutan. Incluso a esos patéticos rasputines disfrazados de marujas, alcanzará el desprecio de sus propios hijos, para los que el Gran Maestre no será más que, pronunciado con mueca de hastío entre sus amigotes, “mi viejo”.
Publicado en aragonliberal.com, el martes 10 de marzo de 2009.
Quiero reflexionar sobre un pensamiento del sabio Taycon, citado en el libro chino Beng Sim Po Cam, traducido en lengua castellana por el fraile dominico Juan Cobo, antes de su martirio en 1592 en las costas de la actual Taiwan.
Dice Taycon: “El hombre que honrase a sus padres, él también será honrado de sus hijos, y el que no honra a sus padres, ¿cómo quiere ser honrado de sus hijos?...”.
El respeto a los padres es una constante en todos los tiempos, en Oriente y en Occidente. No hay civilización que haya significado algo, en la que esta idea no prevalezca. El don de la vida es - siempre y en cualquier circunstancia - un gran regalo, que los hijos deben agradecer. Si son creyentes, a Dios que se lo ha otorgado a través de sus progenitores; si no lo son, a los padres que han sido los artífices directos de sus vidas. Cultivar un sentimiento contrario es posible, porque el hombre es libre, pero es antinatural y lleva a la destrucción.
Nuestra sociedad ha vaciado de sentido a la familia y ha construido un artesonado al que llama familia, pero que de ella no tiene más que el nombre. Como la máquina construida con piezas inadecuadas o defectuosas no sirve para nada, la familia sin sus elementos y relaciones intrínsecas no sirve para su función, que es cohesionar la comunidad y crear civilización.
Me sorprende la actitud de muchos jóvenes hacia sus padres, “sus viejos”. ¡Serán cretinos! Ni en acepción cariñosa puede aceptarse semejante falta de respeto.
Es políticamente correcto que en las películas y producciones televisivas, se prodiguen escenas de un padre y un hijo adolescente, en las que el padre atiende con la cabeza baja la reprimenda del hijo, reprimenda quizás porque le ha sorprendido en casa manoseando a una amiguita y le ha dicho que eso no está bien. Y el hijo, dignamente ofendido por semejante intromisión en su intimidad, recurriendo a su “experiencia” de vida y a su bagaje “cultural”, sermonea al padre sobre la libertad y los derechos del hombre, sobre todo sobre los suyos. La tortuga enseña a volar a la liebre.
Podríamos pensar, en un delirio, que el hijo tiene derecho a plantar cara a sus padres y a enmendarles la cartilla cuando le apetece. Pero entonces, ¿por qué vive de ellos? ¿No es una tremenda falta de dignidad por parte del hijo el aceptar la sopa boba? Sin duda, porque un hijo que falta al respeto a sus padres no tiene dignidad, es un canalla.
La soberbia suele acompañar a la falta de respeto de los hijos. Porque se creen más, mejores, que los que les han engendrado y les han conducido con sufrimientos hasta su madurez. Un hijo desapegado es como un extraño, quizás peor, pues la ingratitud suma en el paquete del desapego.
Nuestro sabio Taycon va más lejos. Su conocimiento de la vida le lleva a afirmar que el hijo ingrato sufrirá la ingratitud de sus hijos. Esto es doloroso en cada caso pero, ¿qué trascendencia social alcanza esa afirmación? Si semejante actitud se generaliza, lo que resulta es una sociedad formada por familias sin cohesión, con hijos sin valores, una sociedad desperdigada y enfrentada, una sociedad moribunda.
Ese es nuestro panorama. Hasta el punto que la falta de cohesión ha llegado a matar sistemáticamente a la propia progenie, lo que no ocurre ni en el mundo irracional. Una sociedad de padres artificiales, de aborto y de eutanasia lleva a la autodestrucción. La de todos, incluso la de esos aprendices de brujo que desde las logias mueven los hilos para que deje de existir la familia, la que ha creado el mundo del que disfrutan. Incluso a esos patéticos rasputines disfrazados de marujas, alcanzará el desprecio de sus propios hijos, para los que el Gran Maestre no será más que, pronunciado con mueca de hastío entre sus amigotes, “mi viejo”.
Publicado en aragonliberal.com, el martes 10 de marzo de 2009.
martes, 10 de marzo de 2009
Aborto y naturaleza
Leo en aragonliberal.es un articulito, que hace una descripción del paisaje primaveral que se nos acerca, y se lamenta de que los pequeños humanos que han sido abortados, no verán esta primavera.
Es cierto y entristece, aunque debemos tener el ánimo fuerte frente a este genocidio. Pero mi reflexión es que esa filosofía de la muerte que están implantado con éxito a través de nuestros miserables gobernantes, va más allá del drama actual del genocidio de seres no nacidos.
He contestado a la autora que cito en estos términos, que son motivo de esta nueva inserción en el blog:
“Esa belleza natural que describe, se basa en el orden y en la armonía, según unas normas elementales de supervivencia dictadas por el Creador.
El aborto provocado es una acción desordenada y aberrante, antinatural, al estar contra de las más elementales normas naturales, al margen de la degradación moral que implica en el caso concreto del ser humano.
Por eso, si la sociedad va cediendo a los poderes públicos, viendo como normal y deseable el aborto, el futuro de nuestra comunidad estará firmado con su desaparición física del orden natural.
Puede omitirse de este silogismo la idea de Creador o la de dignidad del ser humano, pero la conclusión es la misma. Es decir, asumir el concepto de aborto, es el inicio de un proceso de extinción, se trate de una sociedad socialista, atea o de kumbayás.”
Es cierto y entristece, aunque debemos tener el ánimo fuerte frente a este genocidio. Pero mi reflexión es que esa filosofía de la muerte que están implantado con éxito a través de nuestros miserables gobernantes, va más allá del drama actual del genocidio de seres no nacidos.
He contestado a la autora que cito en estos términos, que son motivo de esta nueva inserción en el blog:
“Esa belleza natural que describe, se basa en el orden y en la armonía, según unas normas elementales de supervivencia dictadas por el Creador.
El aborto provocado es una acción desordenada y aberrante, antinatural, al estar contra de las más elementales normas naturales, al margen de la degradación moral que implica en el caso concreto del ser humano.
Por eso, si la sociedad va cediendo a los poderes públicos, viendo como normal y deseable el aborto, el futuro de nuestra comunidad estará firmado con su desaparición física del orden natural.
Puede omitirse de este silogismo la idea de Creador o la de dignidad del ser humano, pero la conclusión es la misma. Es decir, asumir el concepto de aborto, es el inicio de un proceso de extinción, se trate de una sociedad socialista, atea o de kumbayás.”
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